La habitación

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La habitación

Desconcertante al menos es la sensación que queda, cuando lo que has visto no corresponde con las expectativas que te habían vendido. Es el caso de “Room” (La habitación), que venía precedida como una de esas películas de calidad, no solo de forma sino de fondo.

Desconcierto porque terminas sin saber si las intenciones del director son, incidir en los problemas emocionales y de conducta de un niño, al que se le ha privado en sus primeros años de vida de una relación social normal —como hiciera Truffaut en su “Pequeño salvaje“—; o simplemente es la excusa para colarnos un folletín de esos que nos obsequia la televisión para dormir bien la siesta.

En el film, una mujer que fue raptada siete años atrás, a los diecinueve, vive encerrada en una habitación, ahora con su hijo de cinco años, producto de las habituales violaciones del secuestrador. Ninguno de los dos sabe donde se encuentra, su único nexo con el exterior es una claraboya que les muestra un pedazo de cielo. Lo suficiente para que el niño haga del pequeño recinto todo un mundo, completado con su infantil fantasía.

Esta situación dura media película, después, tras una ingenua huida, comienza otra historia: la del niño enfrentándose a un mundo real que nada se parece al que se había forjado en su imaginación.

Como vemos en la sinopsis, el objetivo podría haber sido similar al del film de Truffaut, actualizado y centrándose en las carencias y peculiaridades de un muchacho, al que han sustraído sus primeros años de convivencia. Pero lejos de profundizar en eso, el film deriva hacia un drama de novela barata, de las que el objetivo es la lagrima fácil del espectador, ahora por el niño, ahora por la madre.

La historia resulta muy forzada en todo momento (solo le falta el cartel de “basada en hechos reales” para rematar). Ni sabemos nada de la vida de aquella joven que fue secuestrada, ni de su familia, ni mucho menos del secuestrador, ni el por qué, ni el como, ni cuando. Todos acontecimientos parecen producirse porque sí, solo porque vienen escritos en le guión.

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Si parece ñoña, será ñoña

A partir del rescate, el mundo creado por el niño en su forzosa (y forzada) reclusión, pasa a mejor vida. Después de siete años de secuestro, de violaciones continuas, de un hijo producto de las mismas, aquí no queda ninguna secuela grave, que no se resuelva con unas lagrimas y un lorazepam.

Un leve Síndrome de Estocolmo mínimamente insinuado, y un desenlace extraordinariamente feliz, nos hace pensar que el dramático montaje de la primera parte, no era más que una burda excusa. Lo que parecía una interesante reflexión, se queda en un vulgar melodrama. Pues eso, desconcertante.

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