Phoenix

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Phoenix

Es frecuente encontrar opiniones contrapuestas ante lo que ahora llamamos “recuperación de la memoria histórica”, que entiendo se podía resumir simplemente como el estudio de los hechos históricos con rigor científico, apartándose de tendencias políticas, modas u oportunismos comerciales. Ya, pura utopía. Del otro lado los partidarios de hacer borrón y cuenta nueva, de mirar al futuro y esperar a que el tiempo se lleve a los perseverantes; éstos solo tienen, eso, que esperar.

El director alemán Christian Petzod, del que deduzco por lo poco que se ha visto su obra por aquí, que es un señor, que con mayor o menor acierto, trata de rehacer precisamente esa historia tan manipulada de su país natal.

En sus dos últimos trabajos “Bárbara” y “Phoenix”, recupera esa maltrecha memoria histórica, de unos períodos especialmente críticos en aquella Alemania, que no hace mucho tiempo, quedaba dividida por un muro de intolerancia.

Si en la primera película referida, ponía énfasis en la vida austera, intransigente y un tanto misteriosa del lado oriental, en ésta, se remonta a un tiempo inmediatamente posterior al final de la segunda guerra mundial, donde –como de todos es sabido–, la nación germana no acabó precisamente bien parada.

El plan Marshall y la filosofía de “al enemigo, o lo acabas, o lo alabas”, terminó por ofrecernos una Historia cargada de clichés revisionistas (solo del lado occidental) con más oscuros que claros. Donde los malos eran absolutamente malos, pero solo unos pocos, los demás estaban forzados por la obediencia debida o simplemente eran ignorantes de lo que pasaba. ¿Como ahora?.

Empezó Rossellini, lo siguieron Fassbinder y el nuevo cine alemán de los setenta, ahora Petzod, y supongo que alguno más que la distribución comercial ha dejado en el camino, tratando de dar una visión, que a pesar de la lejanía del conflicto, de la idiosincrasia del país y de los acontecimientos posteriores, se nos antoja más honesta.

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Fantasmas

Volviendo a “Phoenix”, la película nos habla –tanto en primer como en segundo plano–, de ese pueblo alemán que, después de la contienda, se nos ha mostrado en su conjunto, como ajeno e ignorante de lo que había pasado. La desmitificación de esos ingenuos y bienintencionados ciudadanos, supuestamente engañados y manipulados, ahí queda.

En el film, el director pone toda una historia, entre fantasiosa e ingenua, al servicio de un final literalmente impresionante. Si el grueso del film peca (como el anterior) de falta de ritmo, de lugares comunes, de una trama poco creíble, y por tanto con pocas posibilidades de llegar al espectador; el desenlace final, compuesto simplemente por una canción, unos segundos de miradas en silencio, y un impactante mutis, merece la pena haber aguantado la hora y media de historias manidas, contadas solo correctamente.

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