Una segunda oportunidad

Una segunda oportunidad

Una segunda oportunidad

Retomando la línea más dura de su cine, Susanne Bier vuelve con “Una segunda oportunidad” (En chance til), a tratar de implicar al espectador en alguno de esos temas espinosos que normalmente o bien ignoran los noticiarios, o bien los convierten en morboso gancho de audiencia.

Como suele ser habitual en la directora danesa, además de mostrarnos crudamente situaciones que perfectamente podrían tomarse como reales, el propósito final, parece encaminado a hacer sentir al espectador la cercanía del drama. Que no solo es cosa de la pantalla, sino que puede coexistir en nuestra puerta de al lado.

Tras una historia un tanto rocambolesca, el film trata del eterno tema de los niños robados, un tema que siempre lo hemos relacionado equivocadamente –al menos yo– con situaciones límite, de guerras, dictaduras, etc. Aquí nos lo plantea en un ambiente casi cotidiano, en nuestro mundo, el de cualquier persona que sus circunstancias, que sus errores y horrores lo lleven ahí.

Y digo “casi”, porque la falta de frescura, de síntesis, hace el discurso farragoso y excesivamente dramatizado. Aunque es innegable la fuerza de las imágenes de la paternidad de una pareja de drogadictos, o el desequilibrio mental en una maternidad trágicamente rota, o la pérdida de los valores más esenciales a la que nos llevan las situaciones desesperadas; las hacen parecer más una estrategia comercial para escandalizar al espectador, que de hacerlos empatizar con los protagonistas. Conmigo, reconozco que poco sensibilizado con el tema, no ha funcionado.

En esta ocasión, quizás tratando de buscar una mayor profundización que en filmes anteriores, de estructura más simple, Bier complica demasiado la narración con subtramas que ensucian el discurso. Y aunque nos ofrece escenas y argumentos de gran fuerza, al final resulta un embrollo policíaco, que nos aleja de la línea principal. Parece más bien –como dije antes– una pérdida de frescura de su cine anterior, mucho más sencillo, pero más directo.

Violencia sin apellido

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