Dallas Buyers Club

Dallas Buyers Club

Dallas Buyers Club

Con estética perfectamente hollywoodiense y pretensiones indies, se nos presenta el canadiense Jean Mac Vallée y su oscarizada “Dallas Buyers Club“. Con esa presentación, lo cierto es que no me esperaba nada del otro mundo. Otro dramón aprovechando las desgracias de esas enfermedades fatales, tan cotidianas como desconocidas. Pues no, mis prejuicios afortunadamente me han vuelto a traicionar. A pesar de ese estilo tan técnicamente americano, que siempre nos recuerda que estamos viendo una película, marcando la distancia entre la butaca y la pantalla.

El film trata del sida. La localización en Texas, uno de los lugares más “conservadores” de los Estados Unidos, donde la homofobia es una religión. Ambientada en los años ochenta, cuando la enfermedad se relacionaba erróneamente con homosexuales y con la drogadicción únicamente, hace que la historia de un heterosexual infectado del virus, cobre un especial extremismo.

El film me ofrece dos lecturas, de cualquier forma, ambas interesantes. La más prosaica, consiste en una abierta crítica a la industria farmacéutica y a sus imprescindibles colaboradores, una parte de la clase médica. (Eso sí, dulcificada en el último cartelito del final).

Esa ráncia moralidad

Esa ráncia moralidad

Reconociendo, como no puede ser de otra forma, lo complicado y costoso de las investigaciones en el campo de la salud, no es menos cierto, que los laboratorios multinacionales son hoy por hoy una de las actividades económicas más lucrativas. Y lamentablemente, menos ética. La filosofía de maximizar el beneficio, poniendo en el mercado productos a medio desarrollar para ir amortizando los costes, es práctica habitual también en las grandes empresas de la informática, automoción, electrónica, etc. etc. Pero esta estrategia, que en productos de consumo —la mayoría prescindibles—, no deja de ser una estafa económica, se convierte en una cuestión moral cuando tratamos de la vida de humanos.

Parece que los enfermos de cáncer, sida, Alzheimer o cualquier dolencia degenerativa, se convierten en una fuente de ingresos fabulosa; y si se logra cronificar la enfermedad, los ingresos también se “cronifican“. Vaya la reflexión salvando la generalización, siempre injusta con los profesionales que trabajan honradamente. Que haberlos, haylos.

Conocer es amar

Conocer es amar

Más interesante, o al menos más sensible, me ha parecido la historia entre un tejano machista, absolutamente homófobo, y un travestí, también seropositivo, con el que coincide en el camino de su lucha contra la enfermedad.

El desarrollo que va tomando la relación, a través de la necesidad de aprovisionarse de los medicamentos paralelos al gran comercio, evoluciona desde un desprecio absoluto a una amistad fraternal, en la que, para la mentalidad del burdo cowboy, el/la joven pasa de un ser que le repugna, a una persona a la que acaba reconociendo como su mejor amigo, y porqué no, amándolo sinceramente. Aunque no coincida en sus tendencias sexuales, coinciden en sus sentimientos.

La magnífica interpretación de Matthew McConaughey y Jared Leto, hacen realmente emotiva una relación que, para ser sinceros, y por decirlo suave, a demasiados nos resulta poco —o más bien nada— habitual.

Matthew McConaughey y Jared Leto

Matthew McConaughey y Jared Leto

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