Paraíso: amor, fe, esperanza

Paraíso: amor, fe, esperanza

Paraíso: amor, fe, esperanza

El director austríaco Ulrich Seidl parece que se suma a esa tendencia de presentarnos un cine crudo, incluso cruel, en el que muestra indiscutiblemente una parte de la realidad cotidiana; pero a la que ha de tomarse como eso mismo, como solo una parte. Aunque quizás más amplia de lo que superficialmente percibimos.

Dividido su discurso en una trilogía sobre un supuesto “Paraíso”, hace referencia al “amor”, a la “fe”, y a la “esperanza”, aunque verdaderamente solo lo haga en sus títulos; el contenido es más propio de frustración, fanatismo y desesperanza.

Los tres episodios son protagonizados por dos mujeres maduras, hermanas, y la hija de una de ellas. Cada uno de los capítulos comienzan con la descripción de la vida cotidiana de cada protagonista; una vida absolutamente convencional en los países europeos, normalizada por las reglas de una educación orientada a producir ciudadanos estéticamente civilizados. El trabajo de asistenta a discapacitados de la primera, o el sanitario de su hermana, así como el comportamiento estudiantil, aparentemente despreocupado de la más joven, nos resultarán familiar en nuestro entorno.

Pero el hecho de sacar a los personajes de la sociedad hipócritamente educada, tomando como excusa sus vacaciones, donde cada uno dará rienda suelta a sus carencias, nos mostrará los aspectos más insólitos que ocultaban tras su fachada más cívica.

Felices vacaiones

Felices vacaciones

Paraíso: Amor

El primer episodio nos cuenta las vacaciones sexuales en un exótico país africano, de una cómoda ciudadana media, entrada en esa edad ya poco atractiva; o sea, mayor.

En el encuentro allí con otras compañeras de similares gustos y características, se iniciará en la búsqueda de relaciones con los jóvenes nativos, dedicados a la prostitución con mujeres maduras. Todo esto narrado con un realismo que raya en la crueldad, y acaba por no dejar indiferentes a nadie. Desde quién toma conciencia de la sordidez que encierra el comportamiento de las personas, debajo de esa capa de maquillaje cultural, educacional o místico, como queramos elegir; hasta quién no soporta verse reflejado —en el presente o el futuro— en la decrepitud de una vejez ineludible.

¿Amor?

¿Amor?

El hecho de elegir en su turismo sexual a unos personajes del género femenino, procedente de una sociedad acomodada occidental, supuestamente cultos —o al menos educados—, desmitificarlos brutalmente, y confrontarlos groseramente con el tercer mundo, al que (también) tratarán de explotar sexualmente, hace especialmente violenta la contemplación de un film, intencionada y minuciosamente explícito.

Paraíso: Fe

La segunda entrega de la trilogía, “Fe”, esta orientada hacia el camino de un falso misticismo, como solución a unas carencias emotivas, puramente terrenales.

Como en la primera parte, el lenguaje estético empleado resulta tan descarnado como su temática, no dudando en presentarnos el lado más irreverente de unas íntimas y enfermizas inclinaciones, producidas por una represión absurda.

Una mujer también de edad madura, como en el episodio primero, con un matrimonio fracasado detrás, se refugia en el ejercicio de un fanático proselitismo religioso; donde encuentra cabida un masoquismo, sustituto de la relación afectiva —y cómo no, sexual—, que es incapaz de afrontar.

¿Fe?

¿Fe?

La intolerante moral que rige su conciencia religiosa, produce los estragos más predecibles, incluso ridículos, tanto en las personas que intenta vanamente adoctrinar, como en ella misma; incapaz de distinguir la racionalidad de la naturaleza, de su particular espiritualidad.

Como en la primera entrega, no cabe la generalización, pero también nos describe un comportamiento, que no por más esperpéntico, deja de ser frecuente.

Paraíso: Esperanza

Siguiendo la misma línea estética de las dos entregas anteriores, “Esperanza” resulta de todo, menos lo que su nombre indica, esperanzadora. Si las dos primeras partes se desarrollan con protagonistas adultos, a los que la vida los ha llevado a las situaciones desastrosas que describe, en esta tercera, remata la visión pesimista y da por condenada también a una juventud que ha aprendido de los criterios de sus mayores.

La protagonista en este caso es una adolescente, cuyo físico no corresponde a esos cánones de belleza estereotipada, donde fuera de ella estas condenado al rechazo y a la frustración. Así, esta niña, —que resulta ser la hija de la primera protagonista—, una muchacha de peso excesivo, que mientras su madre trata de disfrutar sus vacaciones sexuales de tercera edad en el África más exótica, ella es enviada a una colonia dietética para niños obesos.

¿Esperanza?

¿Esperanza?

En la edad del despertar sexual, la convivencia con chicos y chicas de su misma condición, constituirá una experiencia iniciática, marcada por una sexualidad equivocada y el consiguiente fracaso sentimental.

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El lenguaje empleado en la trilogía, siempre de una crudeza límite, resulta el elemento imprescindible para la toma de conciencia de una sociedad movida por cánones absurdos, orientados a no afrontar la realidad de la naturaleza. La vejez, la obesidad, las obsesiones, la sexualidad, la incomunicación, parece decirnos el director que no se solucionan ocultándolas con sensuales referentes publicitarios.

El deambular en formación castrense de los niños, —sin salirse de la fila y sin mirarse hacia dentro—, no conduce más que al futuro de frustración de la madre o el fracaso espiritual de su tía.

... o disciplina

… o disciplina

Los tres episodios parecen insistir, a base de un realismo que llega a lo desagradable —pero realismo—, en la necesidad de aceptación del cómo somos y no como nos muestran los manuales de estética y moral. Mientras no nos reconozcamos y nos aceptemos a nosotros mismos, con nuestra carga de instintos irracionales; mientras nuestra vida siga sin tener en cuenta lo efímero de nuestro paso, el conflicto emocional está asegurado.

Como decía, a unos les moverá la conciencia, tanto de explotación de civilizaciones y de clases, como de asunción de su propia realidad física y ética; mientras que otros la calificarán enérgicamente de gratuita y morbosa. Ambos tendrán sus razones, aunque alguna de ellas será posiblemente, el miedo a la cruel objetividad del espejo.

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