Nebraska

Nebraska

Nebraska

Dentro del montón de películas que pululan por estas fechas de concursos, alfombras y estatuillas doradas, y que por lo general no me atraen lo más mínimo, siempre aparece alguna que se aparta de los cánones impuestos por cualquier jurado, y me sorprende agradablemente. Ha sido el caso de “Nebraska” del director Alexander Payne.

Si bien el guión, aunque trata del siempre interesante tema de la vejez, la demencia, o las difíciles relaciones con la familia; puede resultar demasiado manido ya, si el tratamiento no es muy acertado. Un argumento muy por el estilo, ya lo trató el director en aquella “A propósito de Schmidt“, —por otra parte, único trabajo que conozco de este autor—, y recuerdo que me pareció algo falto de intensidad. El personaje, con sus problemas de exclusión por su edad, no llegaba a emocionar.

No es el caso de “Nebraska“. Aunque opino que el guión deba tomarse como una metáfora; como el camino para recorrer un viaje emocional; de otra manera, resultaría poco creíble la historia que nos cuenta.

Así pues, —sin saber las intenciones del director—, mi interpretación es la de un retrato de un país como el norteamericano, que suele pecar de petulante, y que en este caso nos traslada a las zonas más profundas y menos vistosas. Resulta vivificante ante tanto “spot publicitario con el que habitualmente nos apabullan sus monumentales urbes. Pequeñas poblaciones agrícolas, a años luz de las grandes ciudades, que también son, que seguramente son los verdaderos Estados Unidos.

¿Por donde se llega al fin?

¿Por donde se llega al fin?

No solo me quedo con el magnífico y desolado paisaje, los personajes que dibuja el film destilan una autenticidad, que yo me la creo. La cultura de la supervivencia, lejos del culteranismo de los Nueva York o Los Ángeles habituales. El mundo rural de cualquier parte del planeta expuesto crudamente, con su cultura particular; con su forma de pasar por la vida.

Tanto los protagonistas, como los secundarios, conforman una galería de caracteres perfectamente reconocible, humana, para el bien y para el mal (aquí destacar el flojo personaje del hijo del protagonista, que en su papel de contrarréplica, no me creo nada).

De Montana a Nebraska, una vida

De Montana a Nebraska, una vida

La puesta en escena sobria, el humor socarrón, y sobretodo una de las mejores fotografías que he visto últimamente, —en su sitio, eficaz, sin robar ningún protagonismo—, nos trasladan a este escenario, con estos actores, donde lo de menos es la anécdota que nos cuentan. La vida, simplemente esa vida, es el mejor argumento.

Me temo que mi interpretación no coincida con los propósitos de Payne, pero en eso consiste la libertad de pensamiento, ¿o qué?.

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