Inside Llewyn Davis

A propósito de Llewyn Davis

A propósito de Llewyn Davis

Me gusta más el título en inglés “Inside Llewyn Davis“, que el adoptado en castellano “A propósito de Llewyn Davis“. Será, como me ha ocurrido siempre con las canciones anglosajonas, que como no sé nada de ese idioma, todo se me traduce a su musicalidad. De eso parece que va la última de los hermanos Coen, de música y de imágenes hechas música.

Paradójicamente, no me gustan nada las películas musicales, pero me encantan las historias sobre la música. Y es que el perdedor anónimo de este film, es uno de aquellos pioneros cantantes, que en los años sesenta retomaron el folk como excusa para orientar su proyecto, lejos de la cómoda sociedad de consumo (norteamericana, por supuesto, aquí no había de eso).

Un tipo de canción que hoy —y entonces— resultará monótona y aburrida para muchos, pero que marcó en su momento una inflexión en el papel que iba a tomar el género (poesía musicada unas veces, panfletos machacones las más) en el ámbito de la expresión y la reivindicación política y social de una parte de la juventud, que ya intuía que aquello del crecimiento infinito tenía mucho de truco.

Basados en el folklore que los inmigrantes —sobretodo irlandeses— habían importado, con la presencia en sus canciones de la expresión de los sentimientos del pueblo, del trabajo, de la fiesta, del duelo, y que rescataron los Pete Seeger o Woody Guthrie anteriormente; dejaron paso a reivindicaciones más directamente políticas con los Bob Dylan o Joan Baez. La guerra de Vietnam, la segregación racial o la protesta anticapitalista fueron los temas que nos llegaron de por allá.

Utopía

Utopía

Por aquí, rápidamente —como todo lo americano— se acomodó a la problemática de cada lugar. Mezclado junto con la canción francesa (George Brassens, Jacques Brel) o la sudamericana (Victor Jara, Yupanqui), los Paco Ibáñez, Raimon, etc. constituyeron uno de los pilares de los movimientos sociales en las dictaduras de mitad de siglo. Aunque de aquél folk costumbrista quedara poco más que las formas, sobretodo quedaba el origen: el pueblo.

Los hermanos Coen, hacen otra película de los hermanos Coen. Exponen a unos personajes, en una situación concreta, perfectamente. Con su sutil humor, con una banda musical perfecta —para el que le guste, claro—, en la que recrean aquel incipiente renacer folk (obviamos el conservador country, o el personalísimo blues); transcurriendo por las peripecias de uno de sus clásicos personajes frustrados, que se quedaron en aquel folk más ingenuo y blandito (recuerdo a Peter Paul and Mary incluido), buscando infructuosamente el utópico éxito. Un guiño final hacia la evolución más dura y politizada del género, en la voz de un Dylan inédito, nos señala hacia donde iban a ir los derroteros inmediatos.

Homenajes, utopías, críticas, ironías, se mezclan en una historia agradable, que intenta trasladarnos acertadamente al Greenwich Village neoyorquino de los sesenta. El resultado, un interesante trabajo para viejos nostálgicos y mitificadores varios.

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