Cerrado por defunción mental

Hubo un tiempo que la principal fuente de entretenimiento del pueblo (suena a comunista), consistió en ver películas, y la única forma posible era asistir a las salas de proyección, –”ir al cine“–, bien en las económicas instalaciones de los barrios, o en las lujosas del centro de las ciudades, donde se exponían los últimos estrenos. Así que era habitual en los días festivos, que estos espacios oscuros, llenos de misterio, ilusión, sorpresa o aburrimiento, estuvieran abarrotados de todo tipo de gente. Los locales de exhibición crecieron y se multiplicaron (ahora suena a bíblico). Y los beneficios de las empresas implicadas en el proceso iban viento en popa.

Pero los tiempos cambian, y cambiarán, el poder adquisitivo mejoró, aparecieron nuevas formas de ocio, permitiendo algo más que un exiguo ticket de “gallinero“, y para ver cine irrumpió la televisión que –una vez comprada– era gratis. Las cadenas (o la cadena), durante años mostraron un importante interés por el séptimo arte, no sé si por conveniencia cultural, o conveniencia económica, pero lo cierto es que era habitual poder disfrutar del mejor cine,… a las cuatro de la madrugada, eso sí.

Cinéfilos de toda la vida, tenían ahora la oportunidad de ver, o volver a ver, aquellas obras míticas, que en pantalla desaparecían para siempre después de cumplir su cometido de recaudación. Y la puntilla la recibieron las grandes salas con la aparición del video. Ya no importaba demasiado la hora de la programación televisiva, el aparato del demonio registraba la emisión para ser vista en cualquier momento y tantas cuantas veces deseáramos. La idea acabó de cuajar en aquellos video clubs, prácticamente desaparecidos, donde al poco tiempo de su estreno en la gran pantalla, los títulos estaban en alquiler por un módico precio en la esquina de tu calle.

Toda esta evolución tuvo un efecto principal, no solo la comodidad, sino recuperar la afición por un espectáculo (o arte, que queda mejor) que estaba en franca decadencia. La posibilidad de revisar complejos filmes imposibles, de recuperar piezas perdidas, de completar el visionado de autores malditos, vio renacer un tipo de cine que se veía abocado a la desaparición en el desván de las productoras. Como consecuencia, las salas de exhibición de gran capacidad, dedicadas únicamente a los estrenos, estaban cerrando vertiginosamente, en pocos años desaparecieron prácticamente todas. El cine estaba en casa, y el entretenimiento en otras muchas opciones.

Pero la industria reaccionó, y se inventó aquello de los multicines o multisalas, más pequeñas, donde por un coste similar para la empresa, podían ofrecer simultáneamente varios programas. El indudable atractivo de disfrutar una película en formato grande, con sonido perfecto, y el embrujo de la imagen emergiendo en la oscuridad, abrió de nuevo el mercado. Pero no lo olvidemos, propiciado porque había aficionados, paradójicamente, aficionados creados por su principal enemigo, la televisión asociada al diabólico video. El video no mató a nadie, resucitó al cinéfilo (y al cinéfago).

Hoy cierran las salas Augusta, mañana...

Hoy cierran las salas Augusta, mañana…

Pero la tecnología y el demonio, parecen conchabados contra las empresas de exhibición. Así que una buena mañana aparece internet y la tecnología digital. Esto es, cine a la carta. Pese a los incomprensibles esfuerzos por frenar la distribución comercial a través de la red, y como aquello de poner puertas al campo no resultó eficaz nunca, los propios internautas (liderados por algún listillo), inventaron lo del intercambio de ficheros. Los perjudicados pusieron el grito en el cielo, en los tribunales o en los gobiernos. Que cuatro gafapastas fueran más espabilados que ellos no podía consentirse. Había que criminalizar aquel escarnio. Todo el esfuerzo se concentró en eliminar a los intrusos, en vez de aprender y aplicar sus métodos. Mientras que por la red corrían títulos legendarios, los originales dormían en los archivos de las productoras. Por no decir como, los últimos estrenos aparecían en nuestro ordenador para “llegar y coger”, mientras las salas –si se dignaban exponerlos fuera de las grandes ciudades–, incrementaban los precios hasta límites absurdos. Resultado, pérdida de clientes y por tanto pérdida económica.

De nuevo la industria tenía los ojos cerrados. Solo hace falta echar un vistazo a los foros, blogs, redes sociales, etcétera; grupos de tertulia que surgieron como consecuencia del fácil acceso a prácticamente cualquier filme de cualquier época. El renacer de la figura del cinéfilo volvió a hacer resurgir en parte al mercado. Por supuesto ya nunca como en aquella época dorada donde era el espectáculo único de las clases modestas.

Hoy, la persecución contra la difusión cultural libre, lo que han llamado sin ningún respeto (a mi me da igual) “piratería“, está dando sus frutos, las descargas cada vez son más complicadas, en el vacío que han dejado los empresarios, han surgido los típicos aprovechados que pretenden, no compartir una afición, sino hacer negocio con trabajos ajenos, a través de captura de datos personales, infectar computadoras o simplemente cobro por suscripciones. Estos sí estoy de acuerdo que se les puede llamar “piratas“, porque el objetivo es el lucro (digo lucro).

No obstante, esto, unido a los altos precios, la poca imaginación o la poca calidad del producto –mayoritariamente mediocre y mercantil–, hace volver a la empresa de la sala oscura a los tiempos de los cierres masivos de los grandes locales. Aquí, hace no mucho tiempo cerró “Buñuel” el primer multicine que estrenó la modalidad, hace un año lo hicieron “Renoir”, las salas más emblemáticas del cine no comercial (o no del todo comercial).

Ahora, mientras escribo estas chapuceras líneas, se está proyectando por última vez el programa en las salas “Augusta”, del centro comercial de mi barrio, mañana ya no abrirán. No serán los últimos en cerrar. Cuando asistes a proyecciones en la que la afluencia de espectadores se cuenta con los dedos de una mano, algo falla. Y según los implicados, les falla principalmente una cosa: el aficionado. Ese ser impresentable que ha adquirido el vicio de ver buenos trabajos, de conocer la historia del cine, de entender de cine a través de la delictiva costumbre de compartir su afición con otros colegas de todo el mundo. De exigir y de no tragarse cualquier cosa.

El obsoleto patrón, que no evoluciona, no aprovecha el espectador potencial que le proporcionan las nuevas relaciones virtuales, y se limita, contra viento y marea, a hacer un trabajo básicamente igual desde los hermanos Lumiere. Estos días están experimentando con una reducción del precio de la entrada a la mitad, y es todo un éxito (oh! sorpresa), algunas páginas de alquiler on-line, con precios similares, se van abriendo camino, al contrario que el mundo del soporte digital (DVD, BR) que no aguanta precios abusivos.

Pues tomen nota, porque señor empresario, señor autor, la persona que gusta de ver varias películas a la semana, es muy posible que alguna de ellas lo haga en su local, pero nunca, nunca, todas ellas, por razones más que obvias. Lo que posiblemente estén logrando con su intransigencia y falta de soluciones es que, al final, no vea ninguna.

El modelo de distribución tendrá que cambiar, seguro, desaparecerán grandes salas, televisión, video clubs, multisalas, internet… pero el cine-cine, nació para quedarse.

Esto fue un cine

(Para ver la galería, click en la primera imagen… si quieres)

Anuncios

8 comentarios en “Cerrado por defunción mental

  1. Qué estupendo análisis! acá los dos cines de mi barrio ahora son un hiper de todo por $2 que en realidad vende todo a más de $50 y un templo UNiversal pare de sufrir, futuro que tienen las mayorías de las salas barriales. Una pena.

    Me gusta

    • Ahora cierran las multisalas que en su día hicieron cerrar a los cines convencionales. Preludio quizás del cierre de los centros comerciales que hicieron cerrar las tiendas de barrio, y ahora son desplazados por los mega parques comerciales. Lo peor es que en la mayoría de los casos no responden a una evolución natural, sino a intereses urbanísticos puramente especulativos.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s