Antes del anochecer, sopor

Antes del anochecer

Antes del anochecer

Parece que al director norteamericano Richard Linklater le ha gustado Europa. Será que es contagioso. O será que el cine por aquí resulta más barato. Solo con poner el calificativo de “europeo“, o “indie“, o algo similar, están exonerados de los grandes presupuestos de sus colegas californianos. Un guión cotidiano, dos actores, y la calle para correr. Si además vende, resulta un chollo ir de intelectual moderno.

Pero, para trabajar así, hace falta ponerle imaginación, o por lo menos oficio. El montárselo de Rossellini rodando en escenarios naturales, o de Rohmer con una historia sin historia, o de Bergman utilizando solamente dos actores dialogando,… que sí, que es barato, pero tiene que venir acompañado de una cierta genialidad. De un cierto interés en comunicar algo, y de comunicarlo con efectividad.

Y el señor Linklater, de genialidad… poca. Y menos si se empeña en demostrarlo una y otra vez, en una serie de tres películas… de momento. Menos mal que las hace cada diez años.

Interesante conversación

Interesante conversación (para la niña)

Ya en la primera “Antes del amanecer“, allá por el 95, me pareció que no tenía nada  nuevo que decir, y mucho menos de cómo decirlo. La fórmula parecía ingeniosa: un día en la aventura de una pareja de desconocidos (hasta entonces, después, no veas). Aunque el resultado pretendido de amable comedia romántica, quedaba en algo sin sustancia, empalagoso y ñoño.

Otra interesante conversación

Otra interesante conversación

A los diez años, se le ocurrió seguir con la idea. Reúne bajo cualquier pretexto a la pareja y se monta otra de lo mismo, “Antes del atardecer“, un poco menos moñas, pero moñas al fin y al cabo. Y descubierto el filón (a lo Antoine Doinel), deja la puerta abierta a su última -esperemos que de verdad última-, “Antes del anochecer“, una réplica exacta y con tan poca gracia como las anteriores (esto un amigo mío lo define irónicamente como “estilo“, yo como autoplagio, que de eso entiendo).

Y es que la susodicha trilogía, más parece un serial radiofónico que un trabajo cinematográfico. El señor director, se olvida de la puesta en escena, rellena montones de folios con un guión anodino de verborrea incontenida, estirando los tiempos hasta una pretenciosa parte final, que te pilla ya en brazos de Morfeo.

Ésta con con postal turística

Ésta con postal turística

El sistema de trabajo parece que consiste en dejar que dos actores repitan los diálogos, -monólogos, más bien-, delante de una cámara tetrapléjica -¿tipo Warhol?, no, ni eso- . Y para rematar, cuando llega la esperada última parte, va de original y se lo monta de Bergman a lo remake de “Secretos de un matrimonio“, con final… o no.

La próxima, “Antes de ir al cine”, piénsatelo, que vas a ver más de lo mismo. Con propaganda turística incluida, que está de moda.

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