Krzysztof Kieslowski

DIEZ MÁS TRES

Si existe una obra sobre la cual resulta difícil escribir, no cabe duda que ésta es la de Krzysztof Kieslowski. Cerrada, ambigua, profunda, llena de simbología, deja al espectador más camino a su propia reflexión, que a la opinión del autor.

Su biografía resulta desde aquí poco menos que desconocida, sin apenas bibliografía, y con el acceso a su extensa obra limitado prácticamente a sus dos trabajos principales: El Decálogo y Tres colores. Paradójicamente, suficiente para catalogar al director polaco como uno de los más importantes del siglo XX .

Los conocimientos de su biografía personal, aquí en occidente, se limitan a su nacimiento en 1941, lo que significa que convivió con el régimen socialista la mayor parte de su vida. Que nació en Varsovia, Polonia, significativamente el país del bloque comunista más apegado a las creencias católicas. Naturalmente reprimidas por los regímenes soviéticos.

Quizás de esa dualidad nazca la forma de narrar de Kieslowski, siempre planteando dudas, antes que ofrecer soluciones. Personalmente, siempre eludió con sutil ironía definirse públicamente sobre cualquier posicionamiento íntimo, político, religioso o simplemente ético. Su cine quizás lo traicionó.

Lo que no cabe duda, es lo sorprendentemente amplia que es su obra “desconocida” de su larga etapa en su país, tanto en cine, como en la pequeña pantalla.

Hasta que no desembarca en el cine francés en 1991 con “La doble vida de Verónica”, en sistema de coproducción, y con un relativo éxito en Cannes, no se comenzó a indagar en su obra anterior.

Y lo primero que nos encontramos es con “El decálogo”, serie de diez capítulos para la televisión polaca, que dejó encantados a los privilegiados que tuvieron acceso a ella. A raíz de esto se pudieron ver –de forma muy extraordinaria– sus dos largometrajes que inspiraron sendos capítulos de la serie televisiva (o viceversa): “No amarás” y “No matarás”.

Pero su gran descubrimiento será en los años 1993 y 1994, cuando estrena su más conocida obra, –y prácticamente la única disponible–, la trilogía de los colores, “Azul”, Blanco” y “Rojo”, supuestamente basados en el significado de la bandera francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Lamentablemente en 1996, cuando se encontraba preparando su siguiente trabajo, otra trilogía sobre el cielo, el infierno y el purgatorio, fallece prematuramente a los 55 años, al parecer por un fallo cardiaco. Una ironía del destino que tanto predicó en su obra.

EL DECÁLOGO

Cuando todavía Kieslowsky era un perfecto desconocido en el cine occidental, entre el año 1988 y 1989, realiza para la televisión polaca una serie de diez episodios de una hora aproximadamente cada uno, en los que trata de relacionar, o más bien debatir, los postulados de la iglesia imperante en su país, con la realidad material de sus paisanos.

Por una parte, utiliza los mandamientos que los católicos toman como guión moral de sus comportamientos, por otra, la vida cotidiana de unos supuestos vecinos de un barrio obrero, típicos productos estándar (barrio y vecinos) de las políticas sociales de los países del Este.

En cada capítulo, correspondiéndose con cada uno de los mandamientos, y tomando éstos en su mayoría como excusa, incide en las dudas eternas del ser humano, en su procedencia y su destino, y sobretodo en su errático comportamiento durante la breve transición que supone la vida.

Desde los capítulos más místicos, que comienzan con la duda entre un dios espiritual o un hombre material, a los más terrenales, que deberían servir de guía universal de convivencia, Kieslowsky incide en la ambigüedad, en la duda sobre una verdad única. Incide en los instintos primitivos de las personas y sus contradicciones. Incide en la soledad del individuo, en la desconfianza del semejante o en el escepticismo frente al amor. E incide, como desesperado recurso, en la fe hacia alguien superior que no se muestra, y que no da señales de existencia.

I.- Soy el Señor, tu Dios

Aunque todo el decálogo, como es obvio, tiene la línea conductora de los mandamientos católicos, con el fin último de reflexionar sobre la dualidad religión/ racionalismo, quizá éstos, los primeros, resulten ser los que contienen una profundidad mística mayor, o al menos, más explícita.

En el que aquí sería “Amarás a dios sobre todas las cosas”, un padre y su hijo adolescente profesan una inquebrantable confianza en la ciencia. La hermana de aquel, sin embargo confía en la religión, un final demoledor pondrá en duda ambas opciones.

El enfrentamiento abierto entre la racionalidad y la fe, el enigma de la muerte frente al sentido de la vida, Kieslowski lo decanta hacia una evidente impotencia del hombre ante sucesos que, el azar, el destino, dios, le dejan fuera de sus calculados controles.

Aunque los intelectualmente convencidos de la inexistencia de un ser superior, acaben sucumbiendo a la realidad de lo humilde y lo efímero de la existencia del hombre, para los creyentes no será mucho mejor, solo les queda una fe en alguien o algo que no aparece, que no se comunica.

II.- No tomarás el nombre de dios en vano

En su segundo capitulo, mantiene la línea sobre su personal concepto del ser humano, con sus contradicciones y sus dudas. Vuelve a poner en entredicho, tanto la capacidad del hombre sobre el azaroso comportamiento de la naturaleza, como la validez unos mandamientos de un supuesto ser superior.

Una joven se encuentra en un dilema, al amar a su marido moribundo y a la vez a otro hombre del cual esta embarazada. La duda ante el presumible fallecimiento de su esposo, a quien no quiere abandonar en caso de supervivencia, pero tampoco ocultar su falsa paternidad, la coloca ante la disyuntiva del aborto. La ciencia médica tomará el nombre de dios.

La utopía de un amor único (dios único), el azar en la paternidad biológica (origen de la vida), y sobretodo la prepotencia de la ciencia (el hombre como centro de la creación), desnuda la fragilidad de cualquier postulado, tanto místico como racional, a través de una simple historia tan cotidiana como compleja.

III.- Santificarás las fiestas

Es costumbre en las culturas cristianas, –religiosas en general–, tomar rituales habitualmente de origen pagano, a modo de  ceremonias purificadoras de conciencias un tanto ingenuas.

Kieslowski continúa en su tercera entrega poniendo en entredicho cualquier teoría espiritual, frente a unos hechos reales y cotidianos que difícilmente responderán a ningún encantamiento divino, aunque esta vez lo haga quizás con menos pretensión mística.

En este caso, el hipnótico ceremonial de la navidad se ofrece a modo de evasión de la realidad. Contrasta la tradición festiva, con las imágenes que desgranan una historia cargada de soledad, de fracasos o de amores imposibles, en un ser humano fundamentalmente errante, confundido en un universo de emociones encontradas.

Un intento desesperado de recuperar un amor fracasado, una súplica al destino, que patéticamente acabará discurriendo paralela y ajena al ceremonial navideño de regalos y parabienes vacíos. El camino disciplinado será, al menos, el más cómodo.

IV.- Honrarás a tus padres

En la cuarta entrega, Kieslowski enlaza el tema con aquella insegura paternidad y su hipotética importancia, que presentaba en su segundo capítulo.

Aquí, una joven de veinte años, huérfana de madre desde su nacimiento, convive con su padre con el que se ha criado de forma perfectamente armoniosa.

Kieslowski, desde su guión, hace que un día surja la duda de lo que ocurriría con los sentimientos de ambos si la muchacha no fuera hija del que creía su padre biológico hasta ahora.

El amor de hija descubre el amor de mujer. O acaso resulte ser el mismo amor coartado por prejuicios ancestrales. La lejana y olvidada tragedia clásica de Edipo y Electra sacudirá la trama y al espectador.

La relatividad del amor ente ambos dependerá únicamente de la, –siempre supuesta–, confesión de la madre en una simple carta secreta, para que se convierta en una relación incestuosa, o en una relación lícita.

En este capítulo, Kieslowski consigue llegar hasta lo más escabroso de los convencionalismos que la religión, incluso la educación tradicional tratan de obviar. Tanto como los protagonistas tratan de eludir la referida confesión.

V.- No matarás

Kieslowski, tal como hacen los mandamientos, baja en este punto a uno de sus aspectos más terrenales del ser humano, aquí ya no hay misticismos, el hombre se enfrenta a su propia esencia animal.

Un joven desarraigado y errático asesina fríamente a un taxista, por el cual será condenado y ejecutado, El film nos muestra al muchacho como una persona fracasada y castigada por la vida, mientras que el asesinado se nos dibuja como un ser grosero y egoísta. La clara intencionalidad en la descripción del carácter de los personajes no será casual a la hora de conformar la opinión del espectador.

“No matarás”, como todos los mandamientos, es imperativo. En este caso parece el más obvio, pero el director polaco aprovecha para enfrentar el homicidio generado desde el lado más primitivo del género humano, y el legalmente aceptado, convirtiendo el film en un alegato contra la pena capital. Ambos al fin y al cabo, homicidios.

Nos hace recapacitar el autor, sobre el objetivo último de la pena de muerte. La pregunta sobre si sirve para atemorizar y disuadir, o como simple venganza del débil, vuelve a confluir en lo imperativo de la decisión.

La película no justifica ninguno de los dos casos, y a la vez da razones para ambos. Queda pues la naturaleza del ser siempre por encima de cualquier razonamiento del hombre.

VI.- No cometerás adulterio

En versión del catecismo católico clásico sería “No cometerás actos impuros”. De una u otra forma estamos refiriéndonos a las relaciones sexuales naturalmente.

Si las distintas religiones judeocristianas tratan de relacionarlo con la procreación, Kieslowski, en este capitulo, prefiere como compañero del sexo al amor. Así en la versión para la pantalla grande de este episodio, no en vano lo tituló “No amarás”.

Un joven inexperto se enamora de forma platónica e imposible de una mujer mayor que él. Ella, resentida y escéptica frente a los sentimientos, canaliza su falta de afectividad a través del sexo exclusivamente, como sucedáneo de emociones más profundas.

En el enfrentamiento entre ambas posturas, el director polaco tomará una postura clara: la soledad de ambos individualmente como resultado.

Aunque a estas alturas de los mandamientos ha desaparecido cualquier rastro de misticismo, (pareciendo un manual de buenas costumbres), la apuesta por la espiritualidad, –humana y no divina–, parece lo más incuestionable como complemento al natural y deseado acto carnal.

VII.- No robarás

Basándose en el precepto más material de la colección de imperativos católicos, Kieslowski recurrirá a la metáfora melodramática para reivindicar algo que no por más obvio, es menos respetado: “no puedes robar lo que te pertenece”.

La historia en la que se apoya, narra cómo un niña de seis años producto de un embarazo no deseado, en el momento de su nacimiento fue registrada por la abuela como hija biológica, con el fin de evitar los consiguientes escándalos sociales. Ahora la verdadera madre trata de recuperar lo que es suyo. Y nada más suyo que la maternidad. El poder establecido por la letra impresa acabará con la deserción de la joven madre de un sistema diseñado para el más listo.

La alegoría se extrapola fácilmente a otros terrenos menos emocionales. La imposición legal frente a la razón, destila un fuerte componente político y económico sobre la impotencia frente los abusos de poder: el robo legalizado.

VIII.- No mentirás

Como ocurrió en su alegato contra la pena de muerte en “No matarás”, o contra la explotación en “No robarás”, ahora en su octava entrega “No levantarás falsos testimonios ni mentirás”,  Kieslowski elabora uno de sus discursos más complejos al volver a retomar bajo el prisma de la ética oficial, alguna de las posturas controvertidas que dejó pendientes en anteriores capítulos, contribuyendo a recalcar la ambigüedad inherente en cualquier verdad presentada como absoluta.

Así, tomando como línea de exposición una anciana profesora de ética en la universidad de Varsovia y a una joven superviviente del holocausto, vuelve a poner en entredicho principios unánimemente aceptados desde la comodidad de la tradición.

Aunque como siempre la dualidad de la moral teórica universal y el mundo real del ciudadano se desarrolla como argumento principal, Kieslowski vuelve a aprovechar la ocasión para hacer su particular revisión de hechos más tangibles y prosaicos, como fueron los horrores del pueblo polaco durante la segunda guerra mundial.

De esta forma el discurso intelectual, vuelve a mezclarse con un reproche material y sangrante: la recriminación a las clases acomodadas polacas, de la cobardía en el momento de enfrentarse a la barbarie del nazismo, por miedo a perder unos ridículos privilegios. Privilegios que perderían de todas formas, –por un bando o por otro–, unidos naturalmente a su propia identidad.

IX.- No desearás la mujer de tu prójimo

Finalizando ya su periplo por los imperativos morales de la religión, Kieslowski continúa interrelacionando entre si sus postulados, en busca sin duda de una lectura global. Así, vuelve a insistir en el efecto de la mentira, la infidelidad o el sexo, que ha venido reflejando en anteriores entregas.

En este capítulo “No desearás la mujer de tu prójimo”, naturalmente habla de la lealtad y de la irreversible situación ante la duda. De la separación entre la fidelidad emocional y la fidelidad sexual, si es que existe o acaso es compatible.

En la historia que sirve de soporte, un marido es afectado por un caso de impotencia irreversible, su mujer le asegura fidelidad, por considerar que el amor que le profesa reside “en el corazón y no entre las piernas”. No obstante, la necesidad carnal tomará su camino en forma de relación adultera, en una esposa llena de remordimientos, y en la angustiosa obsesión de celos y desconfianza en el marido atormentado.

X.- No desearás los bienes ajenos

Como último capítulo que cierra la serie, Kieslowski elige la codicia en su más puro estado para representar el mandamiento que ordena “No desearás los bienes ajenos”.

Termina, como es natural, con uno de los vecinos de su socializado barrio, aquél que coleccionaba sellos allá por la octava entrega. Ahora ha fallecido, sus dos hijos, a la vista de la precaria vida de su padre, no sospechan la fortuna que éste guardaba en colecciones filatélicas. Su descubrimiento cambiará la vida de ambos.

Hablamos de codicia en estado puro, pues la colección de sellos, –como el propio dinero–, no tiene ningún valor intrínseco, pero el valor representativo, el que le otorga el mercado, lo eleva a la categoría de dios pagano.

El mayor de los hermanos representa a la nueva burguesía polaca, el más joven es músico de punk, considerándose un fuera del sistema. El hedonismo que relata la canción que interpreta éste último y que sirve de sintonía al capítulo, representa el espejo en el que se refleja la verdadera identidad codiciosa y materialista de un amplio abanico social, desde el ejemplar padre de clase media, al rebelde inconformista. Todos acabarán adorando místicamente al becerro de oro contemporáneo, al ritmo de la nueva iglesia del mercadeo.

La filosofía se ha convertido en poesía, y el cine en arte. Kieslowski, siempre de la mano de su guionista Krzysztof Piesiewicz, y siempre apoyado en una magistral fotografía, aunque a veces excesivamente efectista, consigue que su obra se coloque ante el espectador por encima de su opinión personal, siempre crudamente sincera, aunque abierta a la esperanza con una buena dosis final de redención ¿cristiana?.

TRES COLORES

El descubrimiento del director polaco por la industria cinematográfica francesa, le dará la oportunidad de realizar su obra más difundida, la trilogía de los colores “Azul”, “Blanco” y “Rojo”. Con mayor presupuesto y amparado en la potente producción gala, Kieslowski repite la formula y los postulados de su Decálogo. Ahora con los principios universales de la libertad, igualdad y fraternidad. Las dudas del ser humano, su comportamiento vacilante, vuelve a dar paso a las personales interpretaciones de cada conducta.

Azul.- Como ocurría ya en el decálogo, en muchos casos la relación entre el título y el desarrollo de la película, acaba yendo más allá de lo que en su enunciado se podía intuir.

Aquí se supone que nos habla de la libertad. Y comienza por decirnos que su protagonista tiene que llegar a perder a su marido y a sus hijos en un accidente, para poder asomarse a un mundo propio, a una libertad interior sacrificada en su matrimonio y en la familia.

Pero también nos habla, de lo que la libertad conlleva, de la verdad, de la fidelidad o de la soledad. También de un amor sin apasionamiento, o de una camaradería generosa. Kieslowski sigue hablándonos, como no, del ser humano y sus contradicciones.

Blanco.- Blanco es el color que representa la igualdad. La película comienza como un reproche contra la falta de ésta. Representándola en el trato excluyente, que el poder de las leyes de cada país da a los que denomina como extranjeros.

Tras diversas vicisitudes de los protagonistas, –que vuelven a poner en duda la mayor parte de las teorías éticas–, acabarán intercambiándose los papeles, el nativo ahora será extranjero, una vez fuera de su país ¿quién no es pues extranjero?.

Una paradoja de amor/odio. La venganza de vuelta contra el vengador. La dualidad en el ser humano, que podría haber respondido a cualquier otro título.

Rojo.-  La relación casual entre una joven modelo y un viejo y escéptico juez retirado, servirán de base al director, para reflexionar sobre la realidad de las relaciones de la posesiva pareja convencional, frente a otra, atípica, sin compromiso pero sincera.

Aprovecha como siempre para poner en duda la imparcialidad de la justicia, del amor o el sexo, de la intimidad y la mentira.

A modo de epílogo, el final testimonial, del que acabaría siendo su último trabajo, da paso a un resquicio de esperanza. Tan efímera como casual.

Los temas no son nuevos, Kieslowski repite sus teorías que ha ido desgranando desde su desconocida obra en su país natal, y que ahora trata de exponer en esta oportunidad que le da el cine francés, siempre son su particular lenguaje cargado de ambigüedad.

(Texto diciembre 2010)

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