John Ford

THE QUIET WESTERN

Ya en los albores del séptimo arte, el western se incorpora al cine mudo, como acción pura, como una epopeya visual. Una verdadera epopeya, además, única y auténticamente americana, con la que las producciones del nuevo continente, competirán con notable éxito, con el culterano y afectado cinematógrafo europeo.

El esplendor de este nuevo cine, con sus caravanas, persecuciones, tiroteos y ataques indios, tendrá su mayor aportación en los grandes planos sobre decorados naturales, que ningún carpintero será capaz de imitar. Dándole así un soplo de aire fresco al anquilosado cine de estudio, infinitamente más cómodo para las productoras, pero con un innegable “tufo” a cerrado. Por lo demás, el western, se moverá en el área de un círculo cerrado: el bueno, el malo, la chica, el sheriff, la caballería, el rancho, los indios…

Si, con tan escaso bagaje, se podía pensar que estaba condenado a aburrir, será un director de origen irlandés, procedente del cine mudo y sus aventuras de entretenimiento, quien asombre a público y crítica, con una auténtica revolución del género. Este humilde trabajador del medio será, el hoy mítico John Ford.

En 1939, en plena consolidación del cambio que supuso el cine sonoro, Ford irrumpe en las pantallas, con “La diligencia”, que será un punto de inflexión, no solo en el género del Oeste, sino en el cine en general.

La incorporación de elementos sicológicos a sus personajes, de la exposición de su particular filosofía social, a través de los actores, dará una nueva dimensión al horizonte cinematográfico, falto de nuevas ideas, que renovará unas temáticas, generalmente simples e infantiles.

Pero si relacionamos a John Ford directamente con el western, es únicamente por ser éste el género donde él mismo se confesaba más a gusto, aunque su inmensa producción abarque los más diversos estilos. No será pues, la de un autor típico de aventuras del far-west, como se reconozca su obra, sino que será la profundidad de sus personajes, con su visión de la vida, lo que encumbrará su trabajo.

La obra de Ford la podemos apreciar desde dos puntos de vista. El puramente técnico, en el que es indudable su contribución al desarrollo del lenguaje visual. Bien con aportaciones, propias, bien recopilando y aplicando los avances, tanto del cine mudo (Griffith, Stroheim, Lang, Murnau), como de compañeros contemporáneos suyos, entre los que será frecuente y enriquecedor este intercambio de influencias. Así pues, los inimitables paisajes naturales, o sus poco valorados interiores, fotografiados con gran profundidad de campo. Donde se mueven libremente los personajes, con una iluminación que preserva y aprovecha al máximo la luz natural, da como resultado, una atmósfera personal e insuperable.

Pero, dejando a un lado su aportación técnica, el verdadero “universo fordiano”, vendrá dado, como ya queda dicho, por el tratamiento de sus historias, reflejo de unos principios claros y concisos, que procurará trasmitir en cada uno de sus filmes, tanto en sus más famosos western como en sus no tan conocidos “no western”.

Nacido en 1895 en Cape Elizabeth (Maine), undécimo hijo de una numerosa familia irlandesa. Después de una cómoda infancia, repleta de numerosos viajes a la Irlanda de sus padres, y luego de pasar por diversos oficios en su juventud, se inicia en el mundo del cine de la mano de su hermano Francis, en 1914. Tras unos titubeantes comienzos, John (cuyo autentico nombre era Sean A. O’Feeney), pasa a dirigir su primera película en 1917. Naturalmente, un pequeño cortometraje de dos rollos, y como no, con una historia de trepidantes aventuras del Oeste.

Pero dentro del caos que reinaba en Hollywood en aquellos años de prosperidad para el cine, en el que todo el mundo “no star”, hacía de todo, Ford tuvo la oportunidad de alternar sus pequeños trabajos de dirección, con labores más humildes, de extra, de ayudante, o de chico de los recados. Pero, junto a directores tan magistrales como el propio Griffith, de los cuales asimilará de primera mano y en primera fila lo mejor de su oficio. Sobre su intervención en “El nacimiento de una nación “, el mismo Ford admitiría sobre su experiencia: “Yo no diría que robe nada a Griffith, yo diría que le copié abiertamente”.

Tras un largo aprendizaje en el cine mudo, con producciones modestas, como correspondía a un joven principiante y a un mercado ávido de cualquier cosa, Ford, al final de este periodo, acabará alineándose con los directores más vanguardistas Quienes estaban ya echando de menos el futuro sonido, y a los cuales les empezaba a molestar tanta necesidad de insertos explicativos, interpretaciones histriónicas, o carteles aclaratorios.

Los consagrados Stroheim, Sternberg, Murnau, Lang, Browning, junto con los jóvenes Ford, Wyler, Capra, Curtiz, Cukor, apostarán, –incluso se adelantarán en su lenguaje– por el cambio que se avecinaba, en contra de muchos puristas conservadores, que veían en el arte de la pantomima la esencia del cine.

De esta forma, el inicio de la era del sonoro, si bien muchos de los viejos maestros, ya no pudieron participar en ella, sí fue para los jóvenes un trampolín que los encumbraría a la categoría de estrellas rápidamente. Así, en los años treinta, primera década del cine hablado, el trío Ford, Wyler y Capra, dominarían indiscutiblemente el firmamento hollywoodiense.

Después de infinidad de trabajos menores, tendría que ser la coyuntura social y económica, derivada del crac del veintinueve, y la política progresista del presidente Roosevelt con su programa del “new deal”, lo que impulsaría a dar el personal sentido profundo y humano a la obra de Ford.

Y fue sin duda “La diligencia”, en 1939, la película que más controversia causó, y en la que ya están presentes todos los principios que regirán su cine durante tres décadas más.

Sin olvidar nunca la clásica estructura comercial de un western, sus aventuras épicas se convierten en dramáticas situaciones de vida o muerte. El típico carruaje de pasajeros, acaba convertido en una claustrofóbica prisión. Situación límite y cerrada, en la que sus tópicos personajes –el sheriff, el forajido, la prostituta del “saloon”, el doctor borrachín, el estafador banquero, o la remilgada señorita–, abandonarán sus estatus habituales, para entregarse a una convivencia de grupo. Donde primará la solidaridad y los valores humanos fundamentales, frente a los prejuicios impuestos por una sociedad decididamente clasista.

En el periodo anterior a la segunda guerra mundial, y siguiendo claramente su militancia roosevelianana (moderadamente social), todavía hay que destacar dos títulos mayores, en este caso, “no western”. La primera, de 1940, “Las uvas de la ira”, con una fuerte carga social, en la que describe la miseria de los agricultores afectados por la crisis económica. La segunda, del año siguiente, “Que verde era mi valle”, ubicada en las zonas mineras del país de Gales, pero extrapolable, como la anterior, a cualquier situación de miseria en la que la dignidad de las personas quede en entredicho ante las necesidades materiales.

Tanto en una como en otra, queda como protagonista de fondo, una cohesión familiar, necesariamente más fuerte en los peores momentos, y en la que la abnegación de la madre cobra el papel fundamental.

Tras el obligado paréntesis de guerra, en la que Ford (como teniente de navío), al igual que la mayoría de los cineastas americanos, fueron enrolados en el ejercito (en labores de documentación unos y de simple propaganda la mayoría), los gustos del público cambiaron sustancialmente. El reciente recuerdo del conflicto bélico, hizo demandar películas divertidas e intrascendentes que alejaran el fantasma de la guerra.

Por otro lado, los familiares y los combatientes que regresaban a casa, traumatizados o mutilados, se encontraban sin ubicación, en una sociedad que empezaba a notar la desaceleración económica producida por la industria armamentística, y a la que se le sumaba el problema de los excombatientes en paro, y de difícil reinserción.

Así pues, los tres grandes del Hollywood de la anteguerra, quedaron relegados, como cualquier excombatiente, a un segundo plano. Desplazados por las jóvenes generaciones, que habían ocupados sus “tronos” en su ausencia.

Todavía Wyler, en 1946 realizaría un durísimo alegato contra esta situación en “Los mejores años de nuestra vida”, mientras que Capra, con su habitual ánimo optimista, reivindicaría su existencia, en la emotiva “Que bello es vivir”. Pero ya, ni uno ni otro recuperarán su espacio en el olimpo del cine.

Por su parte Ford, se encontraba en las mismas circunstancias, con la agravante del hundimiento del periodo político rooseveliano, al que era afín, y la inminente “caza de brujas”, que habría de implicar a cualquiera que tuviera en su pasado el menor atisbo socialista. A partir de aquí, y quizás de una forma no muy heroica, Ford renunciará voluntariamente a cualquier enfrentamiento con la censura, política o comercial, para refugiarse en su tema favorito: la historia inmediata y sus tradiciones.

A través de las cuales, no dejará de defender sus reivindicaciones, frente a una sociedad cada vez más alejada de su ética moderada y ecléctica. Pero será siempre de una forma sutil e inteligente, que, aunque evidentemente, no convirtió su cine en vanguardia política, le evitó los problemas que muchos colegas suyos tuvieron que sufrir, como consecuencia de la claridad de sus posicionamientos políticos, que precisamente Ford procuró siempre eludir.

Así, desde esta posición, no se sabe si cómoda o incomoda, vuelve a sus westerns, plenos de carga social, y añorantes de una difícil unidad nacional, a modo de gran familia. En el mismo 1946, rueda “Pasión de los fuertes”, basada en la leyenda del sheriff Wyatt Earp y el duelo en el O.K. Corral, en la que sus personajes ceden el protagonismo de sus hazañas, a su condición humana, su soledad, sus sentimientos y una urgente necesidad de justicia.

Pero será dos años más tarde, en 1948, con “Fort Apache”, cuando vuelva a sorprender a propios y extraños, con una defensa del pueblo indio, insólita hasta el momento. Tratados como otra gran familia, arrollada y destruida por la imparable colonización.

Inicia también con este film, un homenaje a la caballería, como símbolo de solidaridad y abnegación. Temática que convertirá en trilogía con “La legión invencible” el año siguiente y con “Río Grande” en 1950. Aunque en realidad, el homenaje a los depositarios de sus valores fundamentales, salpicará a lo largo de toda su obra.

Como ya quedó apuntado, el cine de Ford, no solo se nutrirá de historias del lejano Oeste. De modo esporádico, recurrirá a tiempos presentes y fundamentalmente a la Irlanda de sus mayores. Siempre para poner sobre la mesa, el vital tema fordiano de recuperar las raíces del individuo. Fruto de estas incursiones gaélicas será en 1952 “El hombre tranquilo”, considerada por muchos críticos como una de las obras cumbre de este director.

Como filmes “no western” de esta época, también cabe citar el éxito de taquilla conseguido con “Mogambo”, 1953, ambientada en la selva africana, y en la que nos sorprende con un personaje femenino, interpretado por Ava Gardner, en el que profundiza expendidamente en el complejo mundo de la mujer.

Así mismo, con una localización actual, en el “Ultimo hurra” de 1958, Ford parece abandonar por una vez su camuflaje, para arremeter abiertamente contra la corrupción política del partido Republicano, y añorar claramente su vieja militancia demócrata y rooseveliana.

Con un ambiente enrarecido por los enfrentamientos provocados por el Comité de Actividades Antiamericanas, que aunque nunca molestó a Ford, que supo preservar su carácter liberal fuera de toda sospecha, sí que firmó junto con Bogart, Huston, Wyler y Lauren Bacall un manifiesto en el que denunciaban los abusos que el nefasto Comité estaba perpetrando en el mundo del cine.

Quizás por esto, cansado de sus continuos enfrentamientos con las productoras, quizás también acusando su edad, a partir de mediados de los cincuenta, el cine de John Ford, va a alcanzar sus títulos más comprometidos y más brillantes, y con ello, el reconocimiento de la crítica. Pero, tendrá que venir de Europa, y concretamente, del grupo de críticos vanguardistas de Cahiers du Cinemá, quienes estaban a punto de engendrar el movimiento de la Nouvelle Vague, basada, como el cine de sus maestros, en contar “sobre escenarios habituales, historias sencillas de gente sencilla”.

En 1956, en un entorno profesional dividido, rueda “Centauros del desierto”, en la que el talante del director parece tomar el nuevo rumbo, tratando sus clásicos temas con más crudeza. En esta película, considerada por muchos como su obra cumbre, el racismo y el odio que desprende el personaje de John Wayne, no dejan duda de la similitud del comportamiento de cualquier individuo, cualquiera que sea su etnia.

El film anti conservador “El último hurra”, dará paso en 1959, a “Misión de audaces”, en el que con una de sus mejores fotografías, pone de relieve el absurdo de las guerras y la fragilidad de la unidad de un país, siempre que se trate de cimentar sobre decisiones políticas, ignorando y manipulando los sentimientos del pueblo implicado.

Con el ascenso a la Casa Blanca de John F. Kennedy, uno de los presidentes más progresistas (y de grato recuerdo de los viejos roosevelianos), expresa su apoyo al nuevo líder en 1960, con “El sargento negro”, película muy personal, en favor de las etnias marginadas.

Al año siguiente, vuelve sobre el tema de la difícil convivencia racial, en “Dos cabalgan juntos”, donde retoma la historia dejada felizmente en “Centauros del desierto”, para rematarla aquí de forma amarga y sobretodo desanimada.

Estamos ante las obras más maduras del ya viejo director. Ahora, aún sin abandonar la sutileza y el buen gusto, el lenguaje resulta triste y falto de esperanza. Si en sus primeros grandes títulos, –“La diligencia”, la trilogía sobre el ejército, o sus trabajos sobre las costumbres irlandesas–, las denuncias (disfrazadas no muy valientemente de aventuras), sobre una sociedad ultra capitalista, desprendían una esperanza de moderación social y progresismo político; en esta última época, el desencanto se respira en todas sus películas.

Será en 1964, cuando aborde su último western, “El gran combate”, que debería haber sido su gran film sobre la reivindicación india, y en el que Ford puso grandes esperanzas. Pero las poderosas razones económicas de los productores, lo convirtieron en un film, que exige mucha dosis de imaginación, para recuperar las ideas iniciales de su director: las eternas divergencias entre dos etnias opuestas, pero desde el punto de vista indio. Algo que queda completamente invertido, tras el “retoque” comercial.

Pero, dejamos para el final, la que en realidad fue su testamento último. Aunque rodada en 1962, “El hombre que mató a Liberty Valance”, resume el desencanto del idealista y del amante de las raíces tradicionales, ante la imparable evolución de la sociedad, que le hará desistir y enterrar para siempre su universo personal, junto a su tantas veces portavoz, John Wayne.

Después de la malograda “El gran combate”, aún dirigiría un par de trabajos más, pero el director, ya setentón, estaba marginado por las compañías de seguros. Y con numerosos proyectos todavía, nunca encontró financiación para realizarlos.

Ford, fue olvidado paulatinamente por la industria, a pesar de los múltiples homenajes que se le rendían. Poco antes de morir, se vio obligado a vender su casa de Bel Air, para trasladarse a otra más modesta, por evidentes dificultades económicas.

En la primavera de 1973, la industria de Hollywood le concedía el primer Life Achievement Award, la mayor distinción del cine mundial. Era condecorado por el presidente Nixon y nombrado almirante en activo.

Murió en septiembre de aquel mismo año. Solo los familiares y amigos personales (John Wayne entre ellos) lo frecuentaron en sus últimos meses.

Su funeral, aunque fue un acontecimiento, careció del impacto, que él siempre había sabido transmitir a esos ritos en su cine. Éste sí, verdaderamente inmortal.

(Texto año 2000)