Ana y los lobos

ana-y-los-lobos.jpgDIRECTOR: Saura, Carlos
PAIS: España
AÑO: 1972
DURACION: 95 min
INTERPRETES: G. Chaplin, F. Fernan Gomez, R. Aparicio

Tras la velada alusión política al Régimen franquista en su anterior trabajo “El jardín de las delicias”, los problemas con la censura que atraviesa el tandem Querejeta-Saura, hacen que el filme “Ana y los lobos” sea retrasado una y otra vez, hasta que los cuidadores de la moral nacional-católica deciden que resultará más gravosa para la imagen exterior del Sistema su prohibición que su consentimiento, y que dado el fuerte carácter alegórico y simbólico de su contenido, en el mercado interior, su comprensión sería escasa y no convencería de nada, a nadie que no estuviera ya convencido.

Bajo estas premisas, “Ana y los lobos”, como queda dicho, en un lenguaje absolutamente metafórico, desarrolla la historia de una institutriz extranjera que es contratada por una extraña familia, compuesta por una madre mayor y enferma, tres hijos de ésta y sus respectivas nietas. Pronto, el encanto de la joven irá cautivando a cada uno de los hermanos, ante la oposición cerrada y conservadora de la anciana madre.

La historia en sí, poco o nada tendría de atractivo, sino fuera por la directa y corrosiva alusión que se deja entrever en cada uno de los personajes, como estereotipos de la sociedad franquista.

Así, la casa aislada y abandonada, alude a la marginación internacional que la España del General había sufrido sistemáticamente. La madre, que representa el poder absoluto, está completamente senil.

Uno de los hijos, casado y padre de las niñas, en representación de la burguesía apoyada desde el poder, resulta ser un definitivo obseso sexual; el otro, militar frustrado, autoritario y coleccionista de objetos militares, no elude disparar “valientemente” contra una paloma de juguete si la ocasión lo requiere; y el tercero, de un misticismo medieval, alucina enfermizamente en una vulgar covacha del propio jardín, a modo de santífico anacoreta.

En un final en el que cada uno de ellos comprende su impotencia para llegar a la altura de la institutriz (extranjera), acabarán vejándola, violándola y asesinándola con la absoluta complacencia de la decrépita madre.

Quizás no sea esta la película más importante de Carlos Saura, y quizás no lo sea por lo coyuntural de su temática, que en algunos círculos se le pudo llegar a calificar de “panfleto”, pero, y aún estando de acuerdo, hay que decir a su favor, que representa una postura valiente y abiertamente contestataria, que expone, quizás mejor que en ninguna otra obra suya, su posición política dentro (y digo dentro) de un país en el que la represión y la censura se convertía en el principal obstáculo para cualquier libre manifestación artística, intelectual, o cultural.

No obstante, y partiendo de que posiblemente no era éste su propósito, sacando del contexto político a estos estereotipados personajes, habría que recapacitar si pudieran responder genéricamente, al carácter español que históricamente nos han descrito los Quevedo, Gracián, Goya, etc. y que únicamente sale a la luz, o al menos resulta más evidente y patético apoyado en situaciones políticamente totalitarias.

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