Cara a Cara

DIRECTOR: Bergman, Ingmar cara-a-cara.jpg
PAIS: Escandinavia
AÑO: 1975
DURACION: 122 min
INTERPRETES: Liv Ullmann, G Bjornstrand, E. Josephson

Insiste Bergman en penetrar en el interior de los traumas y dudas de la mente humana una y otra vez, con similares métodos, pero distintos resultados. En “Cara a cara”, el círculo habitualmente reducido en el que se desenvuelve, queda aquí prácticamente limitado a un solo personaje.

Una joven psiquiatra, Jenny, volverá durante un verano a casa de sus abuelos, al encontrarse sola por la ausencia en viaje de negocios de su marido y las vacaciones de su hija adolescente. El reencuentro con su pasado le hará revivir, -al modo del psicoanálisis freudiano-, los traumas infantiles que estarían condicionando su vida presente.

Bergman incide en el denominador común de la vida, esto es, la muerte. Pero ahora, tipificada en la vejez. Como ya hiciera de algún modo en “Fresas salvajes”, la cercanía del final cambia la perspectiva tanto del sujeto protagonista como, en este caso a diferencia del anterior film,  de quien está observante del definitivo desenlace.

Pero dentro de la amalgama de propuestas que expone la película, ésta no será más que un frágil hilo conductor. Jenny bajo el efecto catalizador del regreso al lugar de su infancia, con unos personajes que han transformado su vigorosa vitalidad en resignada espera, experimentará una crisis de ansiedad que la llevará a un intento de suicidio. En el delirio del coma, revivirá oníricamente traumas relacionados con una educación dogmática y autoritaria.

Bergman vuelve a insistir, de forma cada vez más provocadora, en concienciar al espectador en su condición de mortal, en el ambigüedad del más allá, y en el menoscabo del presente en pos de un hipotético después.

Aquí aprovecha el recurso de las tan extendidas enfermedades psíquicas en la acomodada sociedad occidental, para elaborar un film rayando con el cine de terror, con histéricas escenas repetitivas, interpretaciones sobreactuadas o extrañas situaciones fuera de contexto.

Todo ello hace un trabajo confuso, dentro de su ya habitual complejidad, en el que exprime al máximo, incluso excesivamente, la interpretación de Liv Ulmman, tratando de continuar una línea que hasta el momento le había dado una excelente reputación en los círculos más intelectuales, pero que ahora, tanto su fondo como sus formas reiterativas parece agotadas, al menos momentáneamente.

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