El Gatopardo

DIRECTOR: Visconti, Luccino el-gatopardo.jpg
PAIS: Italia
AÑO: 1963
DURACION: 168 min
INTERPRETES: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale

Basada en la novela del escritor siciliano Tomassi di Lampedusa, Luccino Visconti dirige la que a la postre será considerada como la obra más importante de su filmografía “El gatopardo”. Obra que relata la unificación del estado italiano a mediados del siglo XIX.

Coincidentes tanto director como novelista en su origen aristocrático, vuelven a coincidir en la denuncia de su propia clase social, en un claro proceso de descomposición previa a su definitiva desaparición como pilar fundamental del poder político.

En un amplio mosaico de casi tres horas, el film describe minuciosamente, incluso con exceso de recreación (batallas sin fin, bailes interminables), el proceso de gestación de la Italia moderna que hoy conocemos.

Partiendo de pequeños estados semifeudales; por una parte un ejército del pueblo aglutinado en torno a Giuseppe Garibaldi, y por otro el heredero de la casa de Saboya, pugnaran respectivamente por que la revolución se decante hacia una república o bien hacia una monarquía, respectivamente.

El ímpetu de los jóvenes republicanos acabarán haciendo el trabajo más sucio, librando una lucha fratricida en los campos de batalla, para que después, su inexperiencia política y sus luchas internas, terminen entregando la nación al que sería el rey Víctor Manuel II de Saboya.

Aunque tanto Lampedusa como Visconti, es innegable que pretenden hacer un trabajo didáctico y crítico de la historia de su país, visto desde el bando perdedor, El Gatopardo resulta además un ejercicio fílmico, que por su grandilocuencia operística, el derroche de un supuesto buen gusto en la puesta en escena, o un excesivo metraje, denotan claramente la procedencia de un ambiente social poco acostumbrado a la precariedad.

La película se desarrolla en Sicilia, desde donde Don Fabrizzio, príncipe de Salina, vive los acontecimientos que transformarán el totalitarismo imperante, en, al final, una monarquía, más o menos parlamentaria.

Hasta aquí, poco de particular tendría el film, si Visconti no deslizara entre la fría historia, su visión propia y personal. Sirviéndose del personaje del príncipe de Salina (Burt Lancaster) irá matizando el proceso de resignada y sensata sumisión a una nueva clase media, que a través de su poder económico se prepara para el inminente asalto al poder político.

A pesar del inteligente proceso de acomodación a las nuevas circunstancias, tanto a la revolución de Garibaldi primero, como a la posterior regresión política de los Saboya, el príncipe de Salinas, sabe que la aristocracia está muerta, y que una sucesión de las más indignas tácticas (matrimonios de conveniencia, compra-venta de títulos nobiliarios, cambios de partido) no harán más que dilatar el denigrante proceso.

El comunista declarado Visconti, desde este su Gatopardo, parece acabar añorando una serie de valores, como el linaje, el protocolo, la rancia educación, una sofisticada elegancia o la pura ostentación, que los nuevos patanes ahora intentarán imitar torpemente, haciendo valer sus opulentas fortunas.

La famosa frase “algo debe cambiar, para que todo siga igual”, en boca del anciano príncipe, suena a amarga resignación, consciente que sólo las apariencias, podrán continuar “siendo igual” en lo sucesivo. Y este cine de Visconti, destila el mismo tipo de aristocrática amargura, pese a su impostada etiqueta marxista.

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