Fanny y Alexander

fanny-alexander.jpgDIRECTOR: Bergman, Ingmar
PAIS: Escandinavia
AÑO: 1983
DURACION: 188 min
INTERPRETES: Gunn Walgren, Allan Edwall, Ewa Froling

En la que pretendió, y en cierto modo así lo es, el testamento fílmico de Ingmar Bergman, “Fanny y Alexander”, el director sueco se explaya en tres horas largas, en dar un repaso a sus miedos, traumas, dudas místicas y demás repertorio psicológico en el que basó históricamente su obra cinematográfica.

Aunque continuara su trabajo perenne en el teatro e hiciera varias colaboraciones televisivas, incluso su última película posteriormente, “Fanny y Alexander” sí tiene la vocación de ser un compendio de las circunstancias que han forjado la personalidad que ha reflejado su cine.

Dividida claramente en actos, a modo de pieza teatral, Bergman sitúa la narración en medio de la clase alta, en la celebración de la navidad de la Suecia de principio de siglo. En lo que constituiría un primer acto, nos describe la vida familiar en medio de un impresionante decorado interior, en el que la dirección artística y la fotografía toman protagonismo, entre un numeroso reparto coral, para describir la tolerancia y las falsas apariencias de una familia unida por la complicidad en el hedonismo, la promiscuidad y el beneplácito de un estatus de clases, bendecido por la opulencia. En esta orgía navideña cabe destacar la continua mención al teatro y la representación como forma de sustento a tan liviana filosofía vital.

Entre la numerosa familia, el protagonismo de la narración se centrará en Alexander un niño de diez años, que junto con su hermana menor, pronto quedarán huérfanos, contrayendo su madre segundas nupcias con un severo obispo luterano. En lo que podíamos encuadrar como segundo acto, quizás el más conseguido, Bergman transmite su personal visión del dogmatismo religioso, llegando a la tortura psíquica y física. No olvidemos que su propio padre ejercía el mismo oficio.

De vuelta al mundo de los libres, tampoco dejará de hacer mención a su eterno dilema sobre la muerte, la vida del más allá y la existencia de dios y lo sobrenatural, en escenas cargadas de barroquismo y embebidas en el mundo de los sueños.

Al final, un regreso semejante al del propio director a su país natal, nos devolverá de forma circular a un entorno acomodado y feliz, con el sustrato siempre presente del mundo del teatro y la farsa, como base fingida de la convivencia.

Begman principalmente se recrea haciendo cine, -o teatro-, con todo lujo de posibilidad a su alcance, logrando un trabajo, sin duda epatante en cuanto a su visionado.

El replanteamiento de sus eternas dudas existenciales, resueltas en su mejor periodo con austeras soluciones, aquí quedan diluidas en el lujo posibilista y excesivamente esteticista de su pretencioso testamento fílmico, aunque solo sea para mayor gloria y solaz de el propio director.

Ver trailer

Anuncios