Gritos y Susurros

gritos-y-susurros.jpgDIRECTOR: Bergman, Ingmar
PAIS: Escandinavia
AÑO: 1972
DURACION: 91 min
INTERPRETES: Harriet Handerson, Ingrid Thulin, Liv Ullman

Cambia Bergman de registro, para sumergirnos en “Gritos y Susurros” en una atmósfera teatral, ubicada en un aristocrático palacete aislado en el campo, donde la acción apenas saldrá al exterior, quedando recluida en una exquisita decoración recargada de alegóricos colores rojos, un esteticismo, que si no gratuito, sí contrasta con la austeridad de sus producciones habituales.

Como de costumbre, el director sueco pretende ahondar en las misteriosas dudas del alma humana, sobre la muerte y el apego a la vida como única verdad inminente. Cuatro mujeres, tres hermanas y la doncella, aportarán sus distintas formas de afrontar la realidad. Bergman, de nuevo, confía en los personajes femeninos el protagonismo de sus dilemas metafísicos. La soberbia interpretación, -imprescindible en este director-, resolverá el film de una forma paradójicamente tan austera en su realización, como excesiva en su ambientación.

Una de ellas sufre una enfermedad terminal desde hace años, asistida por su fiel doncella, las otras dos hermanas han llegado, dado el inminente final de la enferma. Durante la agonía de la moribunda y su posterior desenlace, el film irá desgranando la falsedad y la hipocresía de una sociedad altamente aburguesada, donde el bienestar no deja sitio a disquisiciones no deseadas, aunque obviamente inevitables.

La enferma añorará en sus últimos momentos el cariño de sus hermanas que le ha sido escamoteado entre buenas costumbres y educadas posturas. Solamente Anna la criada, persona humilde, creyente y que perdió a su pequeño hijo, la acogerá en su espíritu maternal resignadamente vacío. La muerte representará la liberación de una sociedad dogmática que acepta la filosofía de la predestinación religiosa, impregnada de una aterrada docilidad.

Mientras las otras dos hermanas, mayor y menor, encarnarán la postura más pragmática, desde una posición de falsa huida de la muerte, encarnada detrás de la puerta. Aunque tras la presentación de sus vidas, aparezca ésta como la solución única.

La mayor de ellas ha vivido una infancia en la que se ha sentido discriminada por el amor materno, esto la ha convertido en un ser escéptico y cargado de odio hacia los demás, sobretodo sus propias hermanas. Un matrimonio fingido y de conveniencia, completarán su lujoso infierno particular.

La menor, con el mismo problema común de soledad e incomunicación, al contrario que su hermana, se negará a afrontar la miseria de su existencia, negando la realidad y refugiándose en falsos cariños, amores adúlteros pasajeros y educadas y moderadas respuestas. Con un denominador común, el horror al inevitable final.

La aparición en el epílogo del film de los maridos de éstas, como representantes de una clase dirigente, dará carpetazo a todos los problemas emotivos y sociales, con una solución acorde con la filosofía materialista e inhumana, propia de una sociedad donde ni siquiera se plantean cuestiones fuera del más puro economicismo.

Bergman insiste una y otra vez en unos fantasmas que le acompañarán en toda su obra, fundamentados en una educación religiosa intransigente, en la que la base del destino presidirá toda una filosofía ante la vida y la muerte.

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