La caida de los dioses

la-caida-de-dioses.jpgDIRECTOR: Visconti, Luccino
PAIS: Italia
AÑO: 1969
DURACION: 160 min
INTERPRETES: Dirk Bogarde, Ingrid Thulin, Helmunt Berger

Coherente con su condición social de aristócrata, y paradójicamente, también coherente con su faceta comunista, –aunque no sin ciertas reservas–, Visconti, a lo largo de gran parte de su obra, tratará de poner de relieve la decadencia y la corrupción moral de su privilegiado, incluso quizás añorado, linaje.

Siempre con un gusto exquisito, con una estética excesiva y barroca, muy propia de su ralea, afronta en “La caída de los dioses”, la tragedia política y personal de una aristocrática familia alemana, en los primeros años del nazismo, propietaria de una importante siderurgia, producción primordial para la industria del armamento, ante una inminente guerra.

La nueva nobleza asentada en el capital, parece la continuación de aquellos patanes terratenientes que el propio director menospreciaba ya en “El Gatopardo”, y que estaban llamados a sustituir a la aristocracia feudal imperante hasta el siglo anterior, por otra aristocracia capitalista, tan totalitaria como su antecesora, y que creyó encontrar el respaldo político para su continuidad, en movimientos como el nazismo, fascismo, y demás ejemplos de las más variadas dictaduras.

Parece que el realizador italiano, aunque en el film no quede explícito, se basa en las verdaderas luchas sangrientas dentro de poderosas empresas como Krupp o Thyssen. Un tipo de sociedades familiares en las que el poder jerárquico se disputaba hasta las últimas consecuencias. Para acentuar estos enfrentamientos internos, la acción situada en los exitosos comienzos del nazismo, contribuye a subrayar el miserable comportamiento de sus protagonistas.

La película se desarrolla en el seno de una estratégica acerería. Las discrepancias entre los distintos miembros del familiar consejo de administración, acabarán dirimiéndose, con asesinatos, más asesinatos, suicidios, deportaciones, exilios, todos ellos con el beneplácito de las omnipotentes SS del ejército nazi.

Pero en su afán de crítica, por un lado a una aristocracia que ha olvidado hace tiempo unos supuestos valores (que parece Visconti echa en falta), y por otra una de tantas condenas a la nefasta política de Hitler, la película peca de excesos innecesarios o al menos poco convincentes.

Si bien la cruenta lucha por el poder, apoyada y dirigida desde el ejército, resulta más que creíble, una sucesión de explícitas atrocidades: pederastia, infanticidio, orgías, drogas, incestos, parricidios, atribuidas siempre a los mismos protagonistas dan que pensar en una postura excesivamente panfletaria y oportunista de cara al morbo de la taquilla.

Naturalmente no cabe a estas alturas ninguna justificación del régimen del III Reich, pero estas barbaridades, por desgracia factibles en cualquier elemento de cualquier sociedad y en cualquier tiempo, imputados exclusivamente al bando perdedor, poco aportan a un análisis serio (otro más) de lo que fue el centro neurálgico de la segunda guerra mundial.

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