Los 39 escalones

los-39-escalones.jpgDIRECTOR: Hitchcock, Alfred
PAIS: Gran Bretaña
AÑO: 1935
DURACION: 83 min
INTERPRETES: Robert Donat, Madeleine Carroll, Lucy Mannheim

En la obra de Hitchcock, nos vamos a encontrar siempre ante la concepción del cine como puro espectáculo lúdico. Pero, un espectáculo tratado por un director inteligente y con un extraordinario sentido del humor. Y ambas cualidades hay que resumilas en un solo adjetivo: genialidad.

Aunque se pueda calificar a Hitchcock de un autor prolífico, de lo que nunca se le podrá catalogar es de autor precoz. La película que quizás marca el encuentro con el estilo que lo hará celebre, “Treinta y nueve escalones”, tendrá que esperar diecisiete filmes previos, antes de ver la luz. Lo que nos da una idea de la importancia que representa su perseverancia en el trabajo, dentro de su reconocida lucidez.

Esta película, como muestra todavía a su época inglesa, recoge de forma trepidante las aventuras de un ciudadano normal, que, por accidente, se ve involucrado en un asunto de espionaje. Este suceso le convertirá a lo largo del filme en perseguidor y perseguido simultáneamente. A través de este incidente, Hitchcock explotará una vez más la pesadilla kafkiana de la impotencia del inocente, ante una inexplicable acusación equívoca e injusta. Aunque aquí, sin excesivas dramatizaciones y sin perder la peculiar ironía, ni la sutil chispa erótica, Hitchcock, convierte la persecución en un viaje de ida y vuelta, en el que el protagonista descubrirá, entre equívocos y rectificaciones, que en la aventura del azar se encuentra el estímulo de la vida.

Ni que decir tiene, que ni el argumento principal posee gran interés, ni mucho menos el objetivo de los espías. Todo el entramado dramático queda al servicio de mostrar, mediante unas imágenes cinematográficas y una puesta en escena, a unos personajes desprovistos de sus hábitos cotidianos y llevados a unas situaciones insólitas. Todo ello, despertará en el espectador una serie de emociones (suspense, ironía, erotismo, …), que el astuto director ya había previsto de antemano, con el único propósito de que el público se levante satisfecho después de la palabra fin.

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