Marnie la ladrona

marnie.jpgDIRECTOR: Hitchcock, Alfred
PAIS: USA
AÑO: 1964
DURACION: 130 min
INTERPRETES: Sean Connery, Tippi Hedren, Diane Baker

Poco a poco, los superficiales enredos de suspense, que siempre encerraban tras de sí un interesante estudio de la personalidad, en los últimos filmes de la época más madura de Hitchcock, (Vértigo, Psicosis, Los pájaros, o la misma Marnie), se van transformando, en lo mismo, pero puesto del revés: testimonios de la conducta de las personas, sazonados con una dosis de suspense y humor. En “Marnie la ladrona”, salvo alguna escena antológica, poco queda ya de aquella maliciosa intriga.

La película, se nos presenta como la historia de una cleptómana, que será redimida por el amor de un moderno y acaudalado galán. Pero a tan sencilla trama, se le encuentra rápidamente su correspondiente contraplano. Disfrazado, como de costumbre, de buen chico, el director inglés acomete un verdadero tratado sobre las aberraciones sexuales latentes en la fingida cotidianeidad.

El robo sistemático a poderosos hombres de negocios, en el que está inmersa la protagonista (Tippi Hedren), podemos interpretarlo como el hecho de despojarlos simbólicamente de su poder machista, de su virilidad. El rechazo al género masculino, está inconscientemente relacionado con el ataque en su niñez, por un marinero pederasta. La frigidez que sufre, es una repulsa de su instinto a su condición de hija de prostituta. Todo un abanico de traumas infantiles olvidados en el lado oscuro de su mente y que la conducen a una existencia apoyada en la mentira, en el desarraigo y en la soledad. Una vida marcada por la búsqueda de un complicado amor materno, por la venganza hacia un padre inexistente, encerrada en sí misma, y con su represión sexual satisfecha únicamente en las relaciones con su caballo Furia, metáfora sutil, (o no tan sutil) de su recurso a la auto satisfacción.

El papel de su redentor esposo Mark (Sean Connery), no menos perturbado, esta vez por el ambiente consentido de una familia adinerada, nos ofrecerá el contrapunto desde la sexualidad masculina. Sin ningún pudor en los diálogos, queda claro que su aparente amor, no es más que un deseo de posesión, un capricho habitual en la prepotente clase acomodada. Y, ¿que mayor posesión que la de una persona?, y más excitante, si esa persona es una delincuente sin defensa; un animal exótico en nuestra jaula particular. En realidad, una desviación más, como la pederastia, la brutalidad o la promiscuidad de los clientes que frecuentaban a la madre de la ladrona.

La seudoprostitución a la que recurre habitualmente Marnie con sus encantos, para conseguir los trabajos o para obtener el perdón de sus delitos, la hace caer, poco a poco, conscientemente, en la trampa de Mark, renunciando dolorosamente a su individualidad (muerte del caballo), para pasar a ser esclavizada, vampirizada, a cambio de su rebelde y personal pasado.

En el campo puramente cinematográfico, teniendo en cuenta que en Europa ya se había superado el “neorrealismo” o que estaba perfectamente asumida la “nouvelle vague”, la película, apunta ya el declive de uno de los mayores contribuyentes al cine como arte. Pero en 1964, la reiteración en el desfasado psicoanálisis con sus soluciones de choque emocional, o la excesiva utilización de las artificiales técnicas de estudio, cuando el cine estaba ya en la calle, hizo que en su momento “Marnie” fuera una de las películas más vapuleadas de Hitchcock.

No obstante, con la imparcial perspectiva del tiempo, debemos apreciar que, aún con sus antiguas herramientas, el sexagenario Hitchcock, nos está ofreciendo la más atrevida de sus películas sobre el , hasta entonces, tan escabroso mundo del sexo.

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