Salo o los 120 dias de Sodoma

salo-120dias.jpgDIRECTOR: Pasolini, Pier Paolo
PAIS: Italia
AÑO: 1975
DURACION: 113 min
INTERPRETES: Paolo Bonacelli, Giorgio Cataldi, Aldo Vallotti

Después de suavizar su postura ética y estética con la “Trilogía de la vida”, de la cual terminará renegando, (El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noche), Pasolini rueda la que a la postre acabará siendo fatalmente su última película, “Saló, o los 120 días de Sodoma”.

Basada en la obra del marqués de Sade, el director italiano hace suyas las teorías del controvertido escritor y pensador, trasladando la acción a la Italia de la ocupación nazi. Concretamente a la localidad de Saló, último reducto de la ocupación, y donde el propio director sufrió la persecución del fascismo.

Siguiendo el trabajo original, el film se divide en cuatro partes que relatan las aberraciones más humillantes que sin duda han pasado por el cine. Del incesto a la necrofilia, pasando por la coprofagía, la urolagnia, el bestialismo, la paedofilia o la gerontofilia, sin olvidar un notable surtido de torturas y asesinatos, constituirán el placer de un grupo de cuatro notables, –que representan a los cuatro poderes fácticos–, a los que someterán a unos jóvenes capturados con la fuerza del poder totalitario.

Aquí los abusos del absolutismo prerrevolucionario del marqués de Sade, es sustituido por las dictaduras políticas del siglo veinte, con la misma excusa: el genocidio del pueblo en nombre de un demagógico desarrollo.

Pero más allá de la lectura política, en el film está presente en todo momento Pasolini, desde su magistral provocación, hasta las confusas y ambiguas teorías sobre las desviaciones del placer.

El ataque frontal a la pacata moral burguesa, en la que no hay cabida a las relajaciones descritas, choca con la realidad del ser humano, que las consuma cotidianamente, eso si, en la más profunda clandestinidad. Desde la sodomía, hasta la paedofilia, pasando por el culto a las “snuff movies”, son ocultadas cuidadosamente, o presentadas ocasionalmente como casos muy excepcionales.

Pasolini, que murió posiblemente victima directa o indirectamente de ellas, las escupe violentamente, como conductas inherentes a su condición, contra una burguesía acomodada enseñada a mirar hacia otro lado, y que su propia morbosidad los llevará frente a la pantalla para contemplarlas entre estupor y nauseas.

Sus guiños hacia tendencias sexuales poco aceptadas, ya apreciados en Porcile, Edipo, o más tibiamente en la adaptación de los clásicos en la Trilogía de la Vida, surgen aquí como un abrumador reproche hacia un sistema social hipócrita.

Pero sobretodo hacia sí mismo, en un ejercicio de autocrítica, donde se confunde desde el anarquismo hasta el fascismo, donde desaparece la tenue línea entre la libertad, sin el freno de la moral, la religión o las leyes, y el libertinaje, donde el camino del placer conduce a la insaciabilidad, o donde la dinámica de los horrores lleva inexorablemente a una espiral de nuevas atrocidades. Al final del camino, el Eros y el Tánatos volverán a reunirse, ahora, incluso en la persona del propio Pasolini.

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