Me llega un documental chileno de un tema de moda en el cine: la insignificancia del hombre frente al infinito universo. El origen y el destino del hombre buscado en las estrellas. Sí, el mismo, o parecido a El árbol de la vida, Melancolía y alguna otra, que en este invierno han hecho su agosto.
Será manía mía, pero lo que se puede expresar con una palabra, me sobran las demás. Los genios pintan un trazo, los patanes necesitan veinte para, al final no expresar nada.
Ésta modesta “Nostalgia de la luz” (Nostalgie de la lumière) –coproducción de no sé cuantos, porque sino no llega el dinero–, se desarrolla en el desierto de Atacama, curiosamente en el mismo lugar donde convive uno de los mayores observatorios astronómicos, –de los de buscar el eslabón perdido–, con las tumbas furtivas de las víctimas del régimen del general Pinochet.
La exploración en el origen de la vida en el espacio, contrasta con otra desesperada búsqueda: la de la muerte en la tierra. Familiares buscando restos de asesinatos masivos. La una complementa a la otra, desde el punto de vista de la ciencia, desaparecer para evolucionar. Pero desde el punto de vista de aquí abajo, no, no sirve.
Asumir la desaparición de seres queridos no es tan fácil, y menos cuando jamás deberían haberlo hecho. La desesperación se vuelve insufrible, el dolor de los muertos pervive en los vivos, por siempre. ¿Cuantas veces tendrá de repetirse?.
La búsqueda de restos, de recuerdos del pasado, de consuelo, no es más que un camino con pocas soluciones. Las soluciones se enterraron en el desierto, en el mar, en cualquier cuneta, de cualquier parte del mundo. Ahora tiene ya poco remedio. Ni en el inmenso universo, ni más allá tampoco. ¿Donde se van los muertos?. Se quedan para siempre en nuestra memoria.














