La educación, las leyes, la represión, el miedo, las religiones, y tantas otras variables tratan de corregir nuestro comportamiento para que tantos y tan dispares individuos tengamos un mínimo de convivencia. Pero la esencia del ser primitivo subsiste en nuestro interior, por mucho esmero que pongamos en esconderla.
El viaje del amor al odio se recorre cotidianamente. Lo que un día fue felicidad hoy resulta insoportable. El estoicismo como solución civilizada, acaba inevitablemente en violencia, bien psicológica, bien física o fatalmente mortal.
Puede que el ser humano no sea tan humano como nos han querido enseñar, y la ira, esa condición omitida, repose dentro de cada uno, esperando su momento, cuando las fuerzas del intelecto capitulen ante los instintos del animal.
Cargar con culpas a unos u otros, viene a resultar lo más cómodo, pero seguramente solo sea la solución cobarde a enfrentarse a la auténtica dimensión de las personas, como solitarios animales acosados. Al fin y al cabo, la reacción será, como tal, primitiva e irracional. Tarde o temprano.
O quizá, sea simplemente un problema de soberbia, de creernos superiores a la propia naturaleza, de estar convencidos de, con nuestro raciocinio, superar las respuestas límite que no nos gustan, pero que, lamentablemente, se repiten proporcionalmente a los esfuerzos por ignorarlas. Conocernos, aceptarnos y actuar en consecuencia.
La bipolaridad en las emociones es esa gran ignorada que habita en nuestra civilización, desde las frías calles hasta los armónicos hogares. De la sonrisa al llanto, de la venganza al arrepentimiento, o del altruismo al abuso, es el viaje de ida y vuelta que todos, en algún momento, en alguna escala, vamos a recorrer. Procuremos no despertar a la bestia.












