Es evidente que esta crisis económica, centrada en los países llamados desarrollados –porque los demás están siempre en crisis–, nos ha hecho a todos expertos economistas de pacotilla, interesados por los más extraños y peregrinos conceptos financieros, que, en realidad, solo acaba entendiendo Ali Babank.
En el cine, muy propicio para aprovechar cualquier acontecimiento que remueva las vísceras a los espectadores, ya se han apresurado a dar cuenta del fenómeno repetidas veces, unas con aparente buena voluntad como en el caso de “La doctrina del shock“, donde Michael Winterbotton desmonta las teorías económicas de Milton Friedman, basadas en en provocar un escenario de miedo para manipular a la población, o también de excelente factura como “Inside job“, documental que explica el desastre de una economía sustentada por la codicia, y otras con evidente signos de oportunismo, como aquella fracasada secuela de la street de los negocios, con la intentó repetir Oliver Stone, afortunadamente olvidada.
La última “Margin call“, puede calificarse a medio camino entre ambas posturas. No resulta tan técnica como unas (aunque no se pueden reprimir de ponerle un nombre bien extraño), ni tan comercial como otras. Aquí los protagonistas son unos seres humanos –incluso de carne y hueso, quién lo iba a decir–, que en su día vieron el camino del dinero abundante y hoy se les derrumba su castillo de naipes.
Sin ser un prodigio de relato, resulta entretenida y creo que entendible, porque aunque no se entienda da igual, va de dramas y no de economías.
Sí resulta más interesante, detenerse en alguno de sus aspectos, solo en algunos. Desde aquí, desde la vieja Europa con tendencia socialdemócrata blandita, aquella del ingenuo “estado del bienestar”, podemos comprobar ya en la primera media hora de película, a lo que se refieren las nuevas tendencias neoliberales con aquello de “reforma laboral“, –hoy te necesito, mañana la puta calle–. Más adelante, el film, nos dará oportunidad para comprobar también la flexible ética de la filosofía neocon, – porque la moralidad no figura en el manual de hacerse rico–, o sutiles detalles de lo que vale un cheque a tiempo en el terreno de los escrúpulos.
Y a partir de estos matices de fondo, que en realidad poco tienen que ver con el desarrollo del guión, que como digo, tiende a llegar al espectador por métodos dramáticos más clásicos y entretenidos, podemos ir haciéndonos una idea de los derroteros que pretende seguir la parte de la sociedad occidental instalada, para salvar sus privilegios, a partir del desastre de la especulación fraudulenta y sin control que ellos mismos han generado.
Parece claro que un buen distanciamiento –bien amplio–, entre clases sociales es la solución irremediablemente elegida. Aunque mucho me temo (o no me temo) que la codicia acabará sumando, tarde o temprano, la precariedad laboral de estos, con los efectos de la llamada ampulosamente globalización de aquellos –o quizás haya que decir directamente explotación– en un fin de fiesta sin fuegos artificiales.











