Como ya es habitual cada temporada Clint Eastwood nos obsequia con un nuevo trabajo, y digo trabajo, más que película, porque si algo me admira del abuelo Clint, no es una posible genialidad, ni siquiera unos filmes de gran calidad, mi reconocimiento es a un trabajo que destila honesta artesanía.
Inmerso, como no, en el mundo hollywoodiense, el veterano director y actor, ha logrado un estilo personal, y lo más paradójico, dentro de un tipo de producción llamemos clásica, casi ya fuera de su tiempo, donde cualquier vanguardia tecnológico-psicoanalítica de moda, es obviada en pos de unas historias sencillas. Unas veces entretenidas, otras interesantes, otras emotivas, pero siempre cercanas al lenguaje que sí entendemos el gran publico, sin rompernos mucho la cabeza.
Este año nos trae “J. Edgar“, un biopic –o sea, un tipo de película que pretende ser biográfica, aunque nadie se la crea–, un género que a mi personalmente me interesa poco, por la falta de rigor a la que se presta en el medio cinematográfico. Así, que la tomaremos como una historia de ficción, sobre un nombre mítico en la política estadounidense. Con algunos matices interesantes sobre el personaje en cuestión, y sobretodo, sobre las obsesiones históricas de un país, sin historia y sin país.
Como es habitual en la filmografía de Eastwood, nada extraordinario, simplemente correcto; que es suficiente, lejos de las pretenciosas producciones diseñadas para epatar al espectador, en una carrera sin sentido. O bueno, con un sentido.
Como en una de esas tradicionales reuniones familiares, nos despedimos hasta el año que viene del viejo Clint, esperando que su honestidad, nos deje otra tarde de, simplemente, buen sabor.












