Después de su último film “Carancho“, un tanto decepcionante, más preocupado de llamar la atención del espectador, que de transmitir credibilidad, como había sido la tónica de Pablo Trapero en sus filmes anteriores, –mucho más modestos, pero mucho más convincentes–, llegaba este “Elefante blanco“, con la expectativa de confirmar el nuevo camino del director argentino, navegando ahora en el dólar a sus anchas (relativamente, claro).
Y como en su película anterior, navegar, navega, pero también acaba naufragando. No es el primero, ni será el último, que su trabajo se adapta mejor a estructuras de producción menos exigentes y más libres, aun a costa de una calidad técnica poco agradable a la taquilla y a los taquilleros. Así que los que ponen la pasta, no se andan con tonterías, y si hay que hacer sangre, pues se hace.
Una temática tan poco original como dramática, la de los barrios marginales de las grandes urbes. Que, así, escupida violentamente, no produce más que rechazo. Quizá un poco de “lírica“, convencería más que tanta “épica“.
Si a esto sumamos una acumulación de problemáticas infinitas, que darían para media docena de películas, unas subtramas que no vienen a cuento (si no es por el morbo), o un excesivo protagonismo del omnipresente Ricardo Darín, el resultado, –descaradamente comercial–, es francamente mejorable. Una pena (o no) que Trapero tampoco se desenvuelva bien en la abundancia.












