Podríamos comenzar por decir “otra película de la guerra civil” y terminar ahí, y no nos habríamos dejado nada. “La voz dormida” de Benito Zambrano es eso, una película de militancia. Y como tal, estudiadamente producida en el momento adecuado, cuando la memoria empieza a flaquear, cuando renacen de forma preocupante posturas extremas, cuando el revisionismo suaviza la historia, o cuando los más oportunos se empeñan en desenterrarla literalmente (con todos mis respetos).
Benito Zambrano, en su corta filmografía (Solas, Habana blues), ha demostrado ser un maestro en el arte de llegar a las emociones del público, y aquí no es menos. Con una propuesta arriesgada, no por innovadora, sino todo lo contrario, por excesivamente manida, filma el recordatorio –quizás necesario–, que cada cierto tiempo alguien se encarga de actualizar.
Otra película pues sobre la guerra y sus consecuencias, una temática reiterativa pero bien realizada, con recursos melodramáticos un tanto forzados, pero efectivos, y sobretodo, con un personaje central encantador, que la hace diferente a tantas y tantas réplicas del más de lo mismo. Ojalá no acaben saturando al personal, si no lo han hecho ya. Porque algunos llevamos media vida escuchando la versión de los vencedores, y la otra media escuchando la de los vencidos. O más bien, escuchando al aparato de propaganda de unos y de otros.
Lleno de los clásicos clichés, de “buenos y malos, e inocentes”, en vez de “malos y malos, e inocentes”, basado en hechos de posguerra, que a los que tenemos cierta edad nos suenan ciertamente verídicos, logra lo que parece su propósito: recordar lo que fuimos, lo que somos, y lo que seguiremos siendo, con toda probabilidad.
A pesar de su recurrente y unidireccional discurso, en este caso, junto con “Las bicicletas son para el verano” o “Tierra y libertad” (así de memoria), el film de Zambrano, acaba siendo, –con sus pros y sus contras–, uno de los testimonios que más me han convencido/conmovido sobre “la santa cruzada”.
Solo añadir, que éstas, las tan denostadas películas de la contienda civil, sesgadas, repetitivas, partidistas y panfletarias para unos, o necesarias para otros, han sido las que en realidad me han acabado informando en el cine, mejor o peor, de aquellos tristes acontecimientos. Durante la larga vida del general, en mi entorno, –el de los indiferentes políticos–, solo se permitía el silencio y el miedo. Efectivamente, la voz dormida.













