Resulta agradable ver como de vez en cuando, jóvenes realizadores recogen sin prejuicios el testigo de sus maestros, y tratan de hacer avanzar la historia partiendo desde sus viejos postulados.
Sería este el caso de la joven cineasta francesa Mia Hansen-Love, que con solo treinta años, va ya por su tercer largometraje, “Un amour de jeunesse” (Primer amor), que ahora se estrena por estos cines de dios o del demonio.
Con toda la delicadeza del mundo, la joven directora nos cuenta –de esa forma que parece que no cuenta nada–, la huella que deja el primer amor. Aquel sincero, inocente, cargado de ilusiones, que perdurará callado, en algún rincón de la memoria, durante el resto de nuestra vida. Seguro que vendrán más, pero tendrán que pasar ya por el tamiz de la razón.
Después de ver su película, poco hay que investigar para comprender que estamos ante una fiel seguidora de los principios más puros de la “nouvelle vague”. No sé –porque no sé nada de ella–, si existe o ha existido alguna vinculación con algún superviviente del mítico movimiento, pero su trabajo, formalmente, podía ser firmado por alguno de ellos.
Y no sé tampoco si esto es bueno o malo. Para los incondicionales del cine “del cada día”, nos resulta francamente atractivo, pero si nos ponemos exigentes, esto ya lo habían hecho sus abuelos. Como ejercicio de estilo, puede valer, pero dudo que aporte algo más allá.
No obstante el film destila una personal mirada femenina, que siempre es de agradecer entre tanto “trascendentalismo varonil”. De momento a Mia y a mi, no hay duda que nos encanta Eric Rohmer.













