Cine de verano: 800 balas, réquiem por el spaghetti

Que el western constituyó una pieza fundamental en el cine, para recrear popularmente la Historia de un país sin Historia, tiene poco misterio. Aprovechando el tirón de sencillas aventuras, poco a poco se convirtió en un elemento de referencia en la crónica de los todopoderosos Estados Unidos de Norteamérica. Tan simple como efectivo.

Hubo que esperar a que John Ford humanizara aquellos personajes de cómic, para que el género diera verdaderas obras maestras. Howard Hawks, Fred Zinnermann, Nicholas Ray o Rober Aldrich, contribuyeron esporádicamente con un, –si se puede decir así– “western de autor”.

Pero, repetidas ya mil veces las mismas aventuras, y con algunos directores tocando aspectos poco agradables de la (salvaje) colonización, el género emprendió su viaje al museo de la indulgencia.

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Aquellos “extras” low cost

Allá por los sesenta, algún espabilado productor italiano, presintió que haciendo películas con muy bajo coste, –por una temporadilla y con pocas pretensiones–, el negocio podía ser rentable. Así nació el que vino a llamarse western europeo, o popularmente “spaghetti western“. Como la mayoría de las americanas, eran historias muy simples, infantiles, sin ninguna pretensión, más allá de entretener a los menos exigentes y sobretodo, hacer caja.

Los desérticos paisajes de Almería, y la mano de obra barata en un país intentando salir de la miseria, fueron las condiciones suficientes para que, por unos años, la región andaluza, junto con los estudios de Cinecitta, se convirtiera en el far west europeo.

Una calidad muy floja, una mano de obra cada vez más costosa, y el consiguiente hartazgo del público, convirtieron la aventura en flor de temporada. Algunos escasos nombres (Clint Easwood, Ennio Morricone, Segio Leone), fueron lo más destacable.

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Sancho Gracia, el amigo de Clint Easwood

En 2002 (después de treinta años), Alex de la Iglesia, rueda la irónica comedia “800 balas“, en los abandonados platós de antaño, como homenaje, o reivindicación, o simplemente como aclaración, de lo que supuso aquella vistosa aventura para la región y sus habitantes, que vivieron el sueño de la gran pantalla hecha realidad, durante más de una década.

El despertar, fue lo que fue, la realidad, a menudo, suele ser patética. Y es que, en el fondo, como dijo alguien, “el spaghetti western es al western, lo que la música militar es a la música“.

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