Las acacias, mínima, profunda

Las clasificaciones en el cine abundan, aunque la única que me interesa es si la película me ha gustado o no. Siempre han sido frecuentes las epatantes y barrocas películas, que aprovechan a la vez todos los recursos tecnológicos disponibles, para obtener un brillante continente sin ningún contenido, o lo que es peor, utilizando algún pírrico contenido como excusa. Y abundan también, las que emulando aquel necesariamente austero neorrealismo, echan mano de recursos mínimos, frecuentemente con resultados máximos. El hambre agudiza el ingenio.

La expresión de la soledad, del fracaso, del desarraigo, de la ilusión y la desilusión, de mirar al futuro o de no poderlo mirar, porque no existe. En definitiva, comunicar sentimientos, requiere algo más que un software sofisticado, requiere principalmente quererse comunicar, y después saber hacerlo.

Germán de Silva y Hebe Duarte

Germán de Silva y Hebe Duarte

El film argentino “Las acacias“, no cuenta con más de dos personajes y medio, prácticamente un solo escenario, media docena de frases y, sobretodo, una dirección de actores, a los que se les exige expresarse, con una mirada, con una sonrisa o con un simple gesto. Si con esta capacidad de síntesis, logra transmitir sentimientos básicos y profundos, estamos ante una obra de arte, sin duda.

El traslado de unos autóctonos recursos naturales arrancados de su lugar de origen, hasta la devoradora civilización del consumo, da pie al film para extender el metafórico discurso al ser humano. La valiente y arriesgada odisea hacia la gran urbe de la protagonista, nos deja entrever a lo largo del camino, la falacia y el engaño de El Dorado. Los que de allí vienen, como su circunstancial compañero de viaje, solo traen soledad y desengaño.

Un viaje, que como toda odisea, encierra en sí mismo la esencia de la existencia. La convivencia, breve pero intensificada por la necesaria cercanía, hacen desaparecer prejuicios, reconsiderar la importancia de vivir, de asumir errores, o replantearse un utópico futuro. Solo con el milagro de una sencilla relación entre personas.

La juventud, tendrá un difícil mundo por delante, el viejo navegante, la nada. Yo tampoco volví nunca.

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