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Armonías de Werckmeister, del enigmático Béla Tarr

Para mí, el húngaro Béla Tarr, era –es– un director semidesconocido, del que solo había visto –mal visto– su película “Armonías de Werckmeister“. Ahora me entero a través de otro colega de afición, que se anda estrenando “El caballo de Turín“. Y mientras llega, o no acaba de llegar, he considerado como mejor opción  revisar aquellas armonías que se me atragantaron (pero mucho) en una primera ocasión.

Lo primero que me llama la atención es una estética propia del cine de autor en los países del este, muy de moda allá por los años sesenta. Pero ahora estamos comenzando el siglo veintiuno.

Una perfecta fotografía en blanco y negro, retrata unos paisajes nocturnos y unos ambientes grises, que nos introducen perfectamente en la filosofía pesimista del director. Una cadencia lenta, hasta la provocación, planos propios de foto fija, o secuencias interminables, resultan magníficas, aunque, seguro, harán que muchos espectadores acaben en los brazos de Morfeo. Cualquier similitud con el ritmo endemoniado del cine occidental de hoy, brilla por su ausencia.

Como digo, choca que esta forma de expresarse, Tarr, la siga utilizando medio siglo después. Y no cabe duda, que sigue siendo tan eficaz o ineficaz como en su mejor época, en aquellos minoritarios cines de “arte y ensayo“, reservados para las producciones que no era muy conveniente airear.

El film se presenta como una de esas obras, que desde el primer plano se adivina cargada de metáforas. Diríamos de un lenguaje lo suficientemente abstracto como para llegar directamente a los sentidos, sin necesidad de procesarlos en el intelecto. Pero yo, –viejo escéptico– pocas veces he creído que ese viaje directo al alma fuera inocente, en un medio como el cinematográfico.

El discurso gira en torno a sentimientos universales: el miedo, el desconocimiento, y sus reacciones salvajemente pragmáticas o cándidamente místicas. “Piensan porque tienen miedo, pero si tienen miedo, no saben nada“.

Pero conociendo un poco –muy poco– la historia, y la historia de países donde la represión y la censura han sido lo habitual durante mucho tiempo, no cabe por menos que pensar en el mensaje político, que sin mucha dificultad –si no te has dormido ya– se puede deducir.

Aunque la película es del año dos mil, parece que Tarr no se resiste a denunciar, y además, insisto, utilizando el mismo lenguaje, la situación en su país en los años cincuenta.

Hungría, después de la segunda guerra mundial, había pasado a formar parte del entorno de la Unión Soviética. En los años cincuenta el pueblo húngaro comienza a separarse ideológicamente del bloque comunista. Será en el cincuenta y seis, cuando los tanques, guiados por la ideología inmovilista del partido único, aplastarán las esperanzas de los más idealistas.

La sinopsis de la película nos sitúa en una pequeña población, en aquella mitad de siglo, en la que conviven los acomodados del régimen, con los ingenuos espirituales, los sufridos trabajadores o los intelectuales inconformistas, que dudan que las “armonías” dictadas como incuestionables, no sean un mero convenio.

Un día llega al lugar una inquietante atracción de feria, que consiste en el cadáver de una gigantesca y enigmática ballena disecada, inmóvil, acompañada por un ser misterioso al que llaman “el príncipe“. Tanto el pesado monstruo gigante, como el extraño personaje que parece liderar el espectáculo, representarán una amenaza de un totalitario y desconocido poder exterior , y constituirán el punto de no retorno de una subversión, que de antemano se presume perdida.

En la constante alegoría que nos presenta la pantalla, en la que podemos decantarnos por una lectura más genérica, u otra mucho más pragmática, el director nos da un respiro, y nos recuerda donde estamos, con unas imágenes militares absolutamente reales, que nos traslada al conflicto histórico definitivamente.

Un film que, vuelvo a repetir, llama la atención porque nos traslada a un tipo de cine de hace más de medio siglo, y lo hace de forma espléndida. Era la época de las dobles lecturas, imprescindibles para comunicar discrepancias donde no se podía discrepar, del simbolismo de un estilo intrincado, más visual que literario, pero que entonces estaba cargado de contenido. Nostalgias de un cine que intentaba comunicar a través del lenguaje universal del arte.

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2 comentarios

  1. Me gusta eso de que las abstracciones llegan sin mucha dificultad, recogiendo tu escrito no parece tan complicada en el fondo a pesar de que dices que mantiene constantes metáforas, incluso según te leo parece que se trata de personajes estereotipados. Lo arduo se nota en la lentitud seguramente y quizás en que en parte no se decide a ser explicito. La verdad que sin ser esnob me llaman las cintas como la que mencionas, me gusta salir del lugar común y poder trabajar algo de conflicto, tampoco niego que me gsutan fáciles, veo de todo pero Tarr ha sido un gran descubrimiento, tengo casi todas sus cintas esperándome, ya me decido por una pronto. Y veo que al final te ha gustado. Abrazos.

    Mario.

  2. Ay voy a tener que verla, después de lo mucho que han hablado del film y de lo que ya me veo atraída de leer tu crítica y ver estas tomas! Estoy tran retrasada cinematográfica y bloggerilmente hablando! jaja es el efecto “ya casi de vacaciones” jajaja Pero prometo verla.

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