Desde una motocicleta con Juan Antonio Bardem

Juan Antonio Bardem

Estamos allá por el 76, acababa de morir el general, la represión empezaba, si no a desaparecer, sí a poder hacerle frente, sin temer irremediablemente las peores consecuencias. Una corriente de libertad de expresión irrumpió en todos los medios, y entre ellos, el cine.

Las dobles y complicadas lecturas, los incomprensibles argumentos, –corregidos por los guardianes de la patria–, los furtivos circuitos minoritarios para directores internacionales, o los humillantes viajes al extranjero para ver lo invisible, –prácticas habituales durante décadas–, se estaban acabando, y los viejos cineastas, acostumbrados a la pelea, se empezaron a encontrar en un escenario nuevo.

Muchos de ellos, nunca se adaptaron, otros lo hicieron de forma excesivamente simple. La generación de la expresión en clandestinidad, estaba pasando a ser historia. Y lo peor, en pocos años olvidada y denostada por unos jóvenes que ya no vivieron el régimen anterior, y les aburrían las penurias de sus mayores.

No obstante aquél lenguaje sencillo y directo de la llamada transición, que, a los que pilló ya de vuelta, nos parecía, digamos, poco trabajado, poco “intelectual”. Para la gente algo más joven –los hermanos menores de los “progres de pacotilla”–, que empezaban a asomar en el mundo adulto, aquellas nuevas opciones sociales, sin duda contribuyeron a formar una conciencia política nueva.

A propuesta de uno de esos aludidos, estos días, he vuelto a ver “El puente” de José Antonio Bardem. La vi en el momento de su estreno, y efectivamente, entonces me pareció un blandengue panfleto eurocomunista (como buen “progre de pacotilla”). Viniendo además de un director que lo había sido todo en el cine español, y que por circunstancias por mí desconocidas, hacía años que su prestigio estaba en la basura. Aún tuvo Bardem, en estos años de frenética agitación, la oportunidad de realizar algún trabajo defendible en el campo de la militancia política, (El puente, Siete días de enero), pero ya nada comparable con sus mejores películas (Muerte de un ciclista, Calle Mayor).

Y volviendo a la carretera. Después de todo este tiempo, he de rectificar en parte, y reconocer que el film tiene su valor, no es sutil, ni genial, ni “intelectual”, pero es claro y completo, incluso necesario, ubicándolo en su tiempo.

Alfredo Landa

La película es una parodia de las míticas “road movies” americanas, donde un Alfredo Landa, comienza a cambiar su registro de histriónico actor cómico, (bastante ridículo), hacia su culminación como uno de los actores dramáticos referentes de su generación.

En sinopsis, un modesto trabajador, –de los convencidos que la política no iba con ellos–, emprenderá un iniciático viaje de fin de semana en su destartalada motocicleta, hacia destinos turísticos habitualmente reservados para otros niveles económicos. En esta odisea doméstica, su director aprovechará para reflejar, una por una, todas las miserias nacionales que nos habían ocultado durante cuatro décadas, haciéndonos creer, poco menos que el ombligo del mundo, además de la reserva espiritual de occidente.

Visto desde hoy, en el que los planteamientos democráticos que se nos abrían como la esperanza del futuro, han quedado sobradamente destrozados por la codicia y la ineptitud política, el film, –todos aquellos filmes–, provocan una tierna sonrisa entre ingenua y cómplice, con buena dosis de amarga decepción. Y es que, cualquier tiempo pasado fue anterior, naturalmente.

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