La excusa del “cine de género”
El título en realidad debería llamarse “La excusa del cine de género, para hacer churros”. Hoy me ha tocado ver “El niño con el pijama de rayas”, una de nazis (gracias a la e-bibliotecadealejandría.com).
Como película, pues da igual, otra película plañidera de soldados nazis malos y ciudadanos alemanes buenos, ñoños y previsibles, de las de lágrima fácil vamos.
Tampoco entraré en el revisionismo barato del pueblo alemán, que eso ya lo hizo seriamente Fassbinder, Schlondorff y todo el movimiento de “Nuevo cine alemán” de los setenta mucho mejor.
En lo que sí me gustaría centrar la reflexión, es en la trivialización bajo el denominador de “cine de género” de temáticas que por lo menos merecen el mayor de los respetos. Frivolizar sobre el holocausto, o con los discapacitados, o sobre la eutanasia, etc. además de evidenciar no tener ningún escrúpulo ético, hace flaco favor a la problemática que se está abordando.
Así, en nombre del “género bélico”, hemos visto americanos buenísimos en entretenidas batallas de videojuego contra nazis, charlies o últimamente moros malos malísimos.
Igual que al repetir infinidad de veces una palabra, ésta pierde su sentido, el cine de género mal entendido, acaba produciendo el mismo efecto. Y cuando la temática admite pocas bromas, el resultado es nefasto.
El género de gangsters, el policiaco, el de boxeo, los westerns, los films seudo históricos, o de catástrofes naturales, han terminado por desvirtuar la realidad. “Una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad”.
Agotados los temas clásicos, me temo que bajo la excusa de “cine de género” se esté dando otra vuelta de tuerca, y sin ningún pudor se llenen las carteleras de banalidades sobre parapléjicos, niños esclavizados, mujeres maltratadas, drogatas, enfermos terminales y lo que haga falta, y de lo que ya hablaremos otro día . Un poco de ética al “todo vale” del pensamiento liberal (o neoliberal, como quieras).
Y terminar dándole las gracias al Tarantino por descojonarse de los que hacen “cine de género” con el olfato puesto en la taquilla, incluyéndose a sí mismo… un poco… o bueno, bastante.
Remakes:¿Revisiones o negocio?
Conocido es el remedio a la falta de imaginación, consistente en repetir una obra anterior, o sea hacer un “remake”. Opción plenamente válida, si la nueva versión va a mejorar en algo o aportar una visión distinta a su precedente. Claro, si no ¿para qué se iba a hacer algo ya conocido?. Simplemente por la taquilla. Si la versión primitiva tuvo éxito, ésta, con una producción más cara, con unos actores de moda, y con una promoción apabullante, negocio seguro. Lástima que no recuerdo ningún remake que haya mejorado el original (quizá “Luna Nueva” de Howard Hawks). Como curiosidad el maestro Hitchcock, se versionaba a sí mismo a menudo, échale.
Otra versión de marketing barato serian las “sagas”, que a excepción de “El Padrino” y ”El Padrino II” (ya no “El Padrino III”) y poco más, han acabado limitándose a un público infantil que a modo de comics, reclutan “frikis” dispuestos a consumir el merchandising que haga falta.
Toda esta perorata un tanto simple, viene a cuento de una conversación tomando café sobre dos obras maestras, o al menos para tener en consideración. La primera “Días de vino y rosas” obra dramática poco habitual en Blake Edwards, que con la filosofía atrevida de los años sesenta describe detalladamente los problemas del alcoholismo, en una sociedad que lejos de combatirlo los promociona a modo de efímero éxito personal. La ética de aquella generación consideró alertar y condenar los peligros de la bebida a través del film.
Treinta años después al director Mike Figgis, abordó la misma temática, pero ahora claramente desde una ética evolucionada en “Leaving Las Vegas“, simplemente porque la sociedad había cambiado. Lo que en la película de Edwards, se presentaba como una verdadera tragedia, unas vidas arruinadas y unas víctimas de la sociedad mercantilista, Figgis (basándose en una novela autobiográfica de John O’Brien), representa también una tragedia, unas vidas arruinadas, pero ahora como una opción de vida y muerte para sus protagonistas. Sin llantos ni desgarros cada uno elige su alternativa. Tres décadas después la visión de la ética frente al alcoholismo necesitaba una revisión.
Concluyo pues con la escueta reflexión de que, en general, desconfío de los remakes, la sagas y demás patrañas comerciales, pero sí veo interesante –y sirva simplemente a modo de un ejemplo el tema comentado– la revisión de temas que han sido y siguen siendo importantes, aportando la renovada óptica frente a dilemas universales desde un discurso cambiante,… o al menos un poco cambiante.
Von Trier vs Tarantino
Este verano (u otoño, o por ahí) nos ha traído una nueva entrega de vanguardia provocadora. Me refiero claro está al Anticristo de Lars Von Trier y a los Malditos bastardos de Tarantino. Cada uno con su personal estilo, aunque ambos empeñados en dejar atónito al espectador, a estas alturas.
El danés, después de su experimento con el grupo del “dogma 95”, en el que la gracia consistía precisamente en saltarse los dogmas académicos. Con títulos interesantes por su novedad y descaro como “Los idiotas” o el antecedente de “Rompiendo las olas”, constituyeron un corto periodo en el que se entrevió la esperanza de un giro fresco y joven en la manera de contar.
Pero la rigidez en la indisciplina (valga la paradoja) no dio para mucho más, y el giro absoluto de “Bailar en la oscuridad” da por fenecida y enterrada la ingeniosa experiencia.
En la trilogía Visiones de América compuesta de momento por dos títulos “Dogville” y “Manderlay” (parece que en breve se estrenará Wasington), vuelve a prevalecer el continente sobre el contenido, desarrollando unos guiones más o menos simples en un más que atrevido escenario, y nunca mejor dicho lo de escenario. De nuevo llamar la atención a través de las formas por encima del argumento. Con “El jefe de todo esto” ¿vuelve Von Trier al formato del olvidado dogma?, yo no lo sé, tendría que comer.
Lo que si he podido apreciar positivamente en su demoníaco film veraniego, es que nunca abandona la provocación. Con una referencia manifiesta a Andrei Tarkovski en su dedicatoria final, el director busca desesperadamente una escusa de sesenta minutos, para poder llegar a la crudeza explícita de la última media hora.
Así pues, la alabada secuencia inicial, propia de un anuncio navideño de perfumes, la persistencia en relatarnos larga y detalladamente sus propios tratamientos psicológicos personales, o la ya mencionada estética Tarkovski (sobretodo Stalker, “copiar-pegar”), ¿tienen como último objetivo remover la acomodada visión del espectador?, ¿se justifica como vanguardia, cualquier cosa desconcertante, a poder ser confusa, y punto?.

El otro personaje con el que me he encontrado en las salas (o ya multisalas) ha sido el acomodado Tarantino, que después, –como Von Trier–, de ponernos los dientes de la esperanza largos con sus dos primeras y ya muy lejanas películas “Reservoir Dogs” y “Pulp fiction”, con una estética sin contenido, al más puro estilo comic, y en el que no se cortaba un pelo en ofrecernos un recital de casquería cada dos escenas, pero que dejaba entrever una evolución importante en el espacio narrativo. Bueno, parece que no tuvo nada más que decir en mucho tiempo, salvo rentabilizar su estética violencia como productor y colaborador de otros directores de su misma cuerda.
Ahora, después de una (dos) de chinos voladores, nos sorprende con el acierto de contarnos la Historia como a él le da la gana, utilizando además la ambientación más clásica del género, porque a él le da la gana. Perfecto.
Pero los golpes de genialidad duran poco, y su continuidad sin una filosofía de base se hace insostenible. Personalmente me viene a la cabeza nuestro paisano Almodovar, con unos comienzos rutilantemente transgresores, para acabar en una filmografía clónica de sí misma, con aciertos y chascos (sus Abrazos rotos, y tan rotos), pero convertidos inexorablemente en productos de taquilla.
En ambos casos se agradece cualquier tipo de innovación en un mundo en el que lo previsible manda. Pero el arte, el arte de vanguardia, ¿se compone solo de llamar la atención?. Porque si se trata de epatar, pues me doy por epatado,… pero poco.
Género: Documentary
Un poco por casualidad, me han pasado estos días las tres últimas películas del, aquí poco conocido, documentalista argentino Pino Solanas.
La primera impresión que me ha dado, es la de pensar “que larga es la sombra de Michael Moore”, quizá, afortunadamente.
Desde su militancia, –que en España catalogaríamos de izquierdas, y allá en Argentina, pues… no lo sé, que los partidos son muy complicados– desarrolla a través de estos tres largos documentales la historia socio política reciente de su país. En “Memoria de un saqueo”, dibuja los orígenes del desastre económico y político desde la caída de los “milicos”, sustituidos con ilusión por civiles, tan corruptos como los uniformados anteriores.
En “La dignidad de los nadies” prosigue su trabajo de denuncia en un presente más o menos actual, dominado y exprimido por las empresas multinacionales. Terminando con “Argentina latente”, un canto un tanto utópico de como puede recuperarse un país, en base unas premisas políticas autárquicas, a contracorriente de los postulados de moda neoliberales, globalización a ultranza y chanchullos financieros internacionales.
El trabajo de Pino Solanas se puede clasificar sin ningún rubor como puro panfleto. Pero alguien, alguna vez, dijo “ojalá no fueran necesarios los panfletos”. Hoy en plena crisis del sistema (La caída del Imperio Romano), trabajos comprometidos como los del director argentino o Michael Moore, y pocos más, –estemos o no de acuerdo con sus postulados–, dan al cine una nueva dimensión dialéctica relegada habitualmente a pequeños festivales de escasa difusión, o comercializados espacios televisivos, en un timing más periodístico, sin ninguna independencia y siempre sujetos a los dramáticos shares de audiencia.

Tucumán (Foto: Elena Bernad)
Echo en falta al visionar esta obra, trabajos parecidos en nuestro país, de un lado y naturalmente de otro, todo lo sesgados y panfletarios que queramos, pero que posibiliten un cauce de diálogo, más allá de un agotado sistema parlamentario autofagocitándose complacientemente sin desviar la mirada de su propio ombligo.
Un recuerdo solamente a Arturo Cisneros y su “Bagdad Rap”, premiado y repremiado en 2005, pero del que, yo al menos, nunca más tuve noticia.

