Charles Chaplin

CHARLOT ES CHAPLIN

CHARLOT

El hecho de que un juguete de feria, que su único atractivo consistía en reproducir sobre una pantalla vulgares escenas en movimiento, se transformara en muy poco tiempo, nada más y nada menos, que en uno de los principales medios de expresión del género humano en el siglo veinte, se debe, sin duda, a una colección de personajes que supieron “enganchar” con la sensibilidad del público, más allá del simple espectáculo-pasatiempo.

Quizás fuera el primer personaje al que su creador le concedió una sensibilidad humana. Por así decirlo, quizás fuera el primer hombre verdadero que se asomó a la pantalla, con sus traumas, sus debilidades, sus emociones, todo tan parecido a lo que sentía el espectador desde su butaca.

En realidad, era la imagen de un perdedor, aunque un perdedor cargado de esperanza, un perdedor al que la fidelidad a su dignidad siempre le llevaría a las puertas de la felicidad. Pero no de la felicidad a la moda de los héroes irreales y manipulados que imponía la tendencia idiotizante del naciente negocio del cine, sino a “su” felicidad personal conseguida en “su” guerra contra la soledad, la intolerancia y la deshumanización, en una sociedad que sigue aceptando únicamente a los triunfadores, sin dar cabida a las maravillosas “mediocridades”.

Un perdedor que sin palabras provocó en el público, la risa contra la prepotencia del poderoso, el llanto por el infortunado o la indignación contra el abuso. Cualquier sentimiento sincero, por escondido que estuviera en la conciencia del espectador.

Enredos y provocaciones que acabaron el día que aquel hombre menudo, de bigotillo socarrón, murió como consecuencia de la técnica, a la que se le ocurrió enseñarle a hablar. Pero que, a pesar de los pesares, generación tras generación, sus desventuras (más que aventuras), han venido provocando las mismas entusiásticas y sanas reacciones a este lado de la pantalla.

Con voz o sin ella, las gentes de bien, siempre acogen con entusiasmo una sincera invitación a la igualdad, la libertad y la solidaridad.

CHAPLIN

Charles Chaplin nació en Londres el 16 de Abril de 1889, en una familia de modestos actores de vodevil. El trabajo que proporcionaba el auge de los pequeños teatros y music-halls en los barrios humildes, hizo que sus primeros años transcurrieran en una situación, en cierto modo, cómoda. Junto con su hermanastro Sydney, cuatro años mayor que él, pasó su primera infancia conviviendo con el ambiente bohemio del mundo de las variedades, vivencias que marcarán indiscutiblemente el resto su existencia.

Pero en algún momento de aquella nebulosa infancia, el destino iba a girar en un sentido menos complaciente durante muchos años de su vida. El abandono del padre cuando tenía un año y la posterior enfermedad mental de su madre, que la obligaría a dejar su trabajo como actriz y dedicarse a precarias ocupaciones eventuales, convertirían el resto de su infancia en un peregrinar por la más estricta miseria.

A los cinco años, además de su accidental y esporádico debut en un escenario, Charlie comenzó a compaginar de mala manera, su irregular asistencia a las escuelas de beneficencia y el trabajo ocasional en cualquier cosa que le permitiera una mínima supervivencia. En ese mismo año el pequeño de los Chaplin perdió definitivamente a su padre, que murió alcoholizado prematuramente. Unos años más tarde, a la edad de doce años, su madre enfermaría definitivamente, debiendo ser internada en un hospital psiquiátrico, del cual saldría esporádicamente, pero con sus facultades mentales definitivamente perdidas.

El hambre y la miseria de esta infancia propia del más puro Dickens, se transformará diametralmente en su época americana en opulencia y derroche, pero la huella de su niñez, quedará grabada en su carácter, y surgirá constantemente en sus mejores trabajos. Incluso siendo la responsable de su genial creación, Charlot, que revolucionó la forma de ver el cine cómico en su incipiente etapa muda. Experiencias y recuerdos que tomarán cuerpo explícito en películas como “El Chico” o “Candilejas”.

A sus dieciocho años, y embebido en la tradición bohemia que había mamado, entra a formar parte de la compañía de teatro y variedades del empresario Fred Karno, en la que ya trabajaba su hermano Sydney. Compañía que contaba con diversos espectáculos simultáneos, que se movían continuamente por los locales de Londres y en frecuentes giras por todo el Reino Unido, llegando incluso a los Estados Unidos, donde eran muy apreciadas por los inmigrantes anglosajones.

En uno de aquellos viajes al nuevo mundo, en 1913, se produjo el decisivo descubrimiento de Chaplin para el cine, al ser elegido por Mack Sennett para cubrir precipitadamente la accidental baja de un actor, en la recién fundada productora Keystone.

Deslumbrado por los altos salarios e hipnotizado por el nuevo invento, el pequeño cómico de vodevil, abandona definitivamente los escenarios para comenzar el ascenso del mito por excelencia del mundo del cine.

La Keystone, se dedicaba exclusivamente a la producción de cortometrajes cómicos, que servían para complementar las programaciones en las salas de exhibición. Ni que decir tiene, que aquellos pequeños filmes, carecían del menor argumento, limitándose a contar en diez minutos alocadas carreras e interminables persecuciones. Fundamentos banales con los que Mack Sennett alcanzaría el reconocimiento del público y con los que llegaría a reunir una importante fortuna.

Pero, si artísticamente su estancia con Sennett, no sirvió más allá de aprender y familiarizarse con el oficio. Sin embargo, la casualidad iba a jugar su baza: la precipitada búsqueda en el escaso almacén de la compañía, de la ropa adecuada para rodar el papel de un vagabundo, hizo que naciera el personaje de pantalones holgados, chaqueta estrecha, grandes zapatos, que, junto con la solemnidad de su bastón, su digno bombín y su gran humanidad, conformarían el universal personaje de “Charlot”.

A partir de su cuarto trabajo, el popular mendigo, quedaría definitivamente como personaje estable, hasta la llegada del sonoro, un cuarto de siglo después, que lo relegara a los altares de la mitología moderna.

Concluido su contrato con la Keystone, la productora Essanay le contrata para realizar catorce películas a lo largo del año 1915. Aunque tampoco será esta su etapa de mayor calidad, sí que es cuando su personaje Charlot comienza a cimentar su fama. Y lo que es más importante, a imponer su mundo poético personal, con elementos tan constantes en su filmografía como la bella ingenua (Edna Purviance) que enciende el corazón del payaso, o el respetable señor gordo y barbudo de carácter irascible (Eric Campbell), o la continua y soterrada burla a unos valores, presuntuosamente impuestos por los nuevos ricos del incipiente reino del mal gusto.

Pero el espectacular éxito de sus filmes, traería consigo un aluvión de dólares, al que Chaplin no iba a resultar indiferente. A partir de su ascenso en la escala hollywoodiense, se producirá una escisión en la personalidad del cómico ingles. Sus orígenes, (más que humildes), en el West End londinense, su carácter humanista y su talante crítico, que se observa crecientemente en su obra cinematográfica, discrepará abiertamente con su comportamiento en la vida real. Su total acomodamiento a la derrochadora elite del mundillo del cine, le llevará a pasar por todos los tópicos del vicio y despilfarro que acompañaron a las figuras del “star system”. Situación en la que, (es de suponer) se incluye a sí mismo cuando critica en sus cáusticos filmes la chabacanería social reinante en el primitivo Hollywood.

Con su personaje completamente consolidado, su cuenta corriente rebosante y sus continuos escándalos sexuales con toda clase de jovencitas, Chaplin es contratado por la productora Mutual para realizar doce cortos entre 1916 y 1917. Esta etapa iniciará un despegue creativo, con mayúsculas, que no cesará hasta el final de su carrera en Norteamérica.

La trascendencia de este vagabundo romántico, llegará a través de la incorporación de una cálida dimensión humana a los estrafalarios muñecos que componían hasta entonces el mundo del cine cómico. En su visión de la sociedad conserva un feroz sentido crítico, que le hace dinamitar sistemáticamente las llamadas “instituciones respetables”. Pero añade además una apremiante llamada al amor y a la solidaridad humana, (que paradójicamente, él en su vida privada, se encargaba puntualmente en desatender).

No hay que olvidar que en realidad, desde el punto de vista psicológico, Charlot va a ser el primer hombre auténtico creado por el cine; con sus sentimientos, sus ilusiones y sus fracasos. Con títulos como “Charlot bombero”, “Charlot vagabundo”, “Charlot a la una de la madrugada”, “Charlot conde”, “Charlot prestamista”, y sobretodo en “El emigrante”, la obra de Chaplin, en su aspecto de cortometrajes cómicos, queda totalmente desarrollada, y aunque continuará un par de años más en este tipo de cine, el autentico camino se vislumbra ya hacia películas de más metraje y de autentica envergadura.

La ingente cantidad de dinero que movían las “star” del celuloide (no hay que olvidar que Charles Chaplin era una de sus principales), hizo que varios artistas se animaran a fundar su propia productora. El veterano D.W. Grffith, los actores Douglas Fairbanks y Mary Pickford, junto con el propio Chaplin, dieron vida en 1919 a la United Artist. El motivo aparente era el distribuir sus propias películas y disponer de la independencia suficiente para realizar sus creaciones, sin la mediación de los inevitables conceptos empresariales. Una segunda versión, más prosaica, nos habla del pacto con el poderoso fabricante de película Dupont, directo rival de la no menos poderosa Kodak, que habría financiado gran parte del ambicioso proyecto. De una u otra forma en la United Artist, acabará alcanzando su plena madurez artística.

No obstante, poco antes de entrar en el proyecto de United Artist, Chaplin acababa de firmar un sustancioso contrato con la First National Co. Que le impediría incorporarse a su propia empresa hasta 1923.

En esta tortuosa e interminable situación, nace una del las obras maestras, ya no del propio director, sino del cine en general: su primer largometraje “El Chico”. El filme, lleno de amargas resonancias autobiográficas vividas en la miseria de los arrabales londinenses, marcará un giro definitivo a un estilo que se consolidará en su exigua pero definitiva obra de largometrajes con su añorada United Artist.

Chaplin sabía que la llegada del sonoro acabaría con el cine basado en la mímica, y por tanto, la muerte inmediata de su personaje Charlot, en el mismo momento que éste comenzara a hablar. Esto le hizo resistirse a abandonar el cine mudo, hasta encontrar un final decoroso para la figura que había marcado toda una era del séptimo arte.

En 1925, contra viento y marea, rueda exprimiendo las posibilidades del mimo hasta sus últimas consecuencias “La quimera del oro”, en la que pocas veces el cine ha conseguido una fusión tan perfecta entre lo tragicómico y la poesía, y en la que muestra la tremenda soledad del hombre en su desesperada búsqueda de la felicidad.

El éxito de este filme, con su persistencia en el mudo y la profundidad de su argumento, se hace más estimable al producirse, paradójicamente, frente a la gran aceptación que estaban teniendo ya los filmes sonoros, con temáticas superficiales encaminadas al simple aprovechamiento comercial de la nueva innovación.

El acierto comercial con “La quimera del oro” hizo insistir a Chaplin en su idea de mantener el cine mudo como alternativa de calidad, al naciente (y por tanto todavía inexperto y comercial) cine sonoro. Con esta filosofía todavía rodaría en 1928 y 1931 “El circo” y “Luces en la ciudad” respectivamente. Quedando definitivamente, como el último director que trabajo el género de las imágenes sin sonido.

A partir de sus siguientes trabajos, se van a producir dos cambios fundamentales en el cine de Chaplin: por un lado el inaplazable pasó al cine sonoro, por otro una radicalización en sus contestatarios planteamientos sociales. Molestas alusiones venidas, para más indignación, de una persona considerada siempre como un extranjero, que nunca quiso asumir la nueva nacionalidad que se le ofrecía, y por lo que nunca sería perdonado en el nuevo continente.

Quizás influido por la madurez que otorga la edad (ya cuarentón). Quizás afectado por la terrible depresión económica del veintinueve, de la que las clases trabajadoras del país fueron las principales víctimas. Y quizás también espoleado por una cada vez más insistente persecución por parte del puritanismo americano. Acoso aparentemente contra su promiscua vida sentimental, pero en realidad fundamentado en las continuas y hasta ahora veladas críticas al sistema. Chaplin, afectado por todas estas circunstancias, rueda en 1936, su corrosiva obra maestra “Tiempos modernos”, una directa crítica al naciente maquinismo y, sobretodo, a la explotación del hombre por el hombre, bajo la excusa de la productividad industrial.

Técnicamente, el film se encuentra a caballo entre el cine sonoro y el mudo, con inclusiones de efectos de sonido, una banda musical y breves diálogos; pero desarrollando su temática bajo los cánones de la mímica. En realidad, será esta la última vez que el caricato Charlot permanezca mudo en la pantalla.

Si el enfrentamiento político con las instituciones nacionales, estaba definitivamente abierto, con su siguiente filme “El gran dictador” en 1940, esta hostilidad iba a adquirir repercusiones internacionales.

El conflicto militar que en Europa había desencadenado desde Alemania la política expansionista y dictatorial de Adolf Hitler, se hacía insoportable para los países que se atrevieron a hacerle frente, principalmente la joven Unión Soviética y el Reino Unido. El imparable y cómodo avance del ejército alemán sobre el centro y sur de Europa, estaba haciendo inútil la resistencia en el frente soviético. Y una vez caído éste, el salto sobre las Islas Británicas sería solo cuestión de tiempo.

Los Estados Unidos, mientras tanto se encargaban de proporcionar a los países en guerra (a buen precio), todos los suministros que el conflicto demandaba. Para los ciudadanos americanos pues, resultaba difícil pensar en los muertos que se estaban produciendo en Europa, cuando esta catastrófica situación, paradójicamente, los estaba enriqueciendo. La guerra hacía subir las bolsas de Wall Street hasta límites insospechados, y por tanto superar con creces la debacle que había supuesto la gran depresión.

Pero, a pesar de las estratégicas infiltraciones que la propaganda nazi había introducido en todos los estamentos sociales, y pese al gran dilema que suponía para el presidente Roosevelt salir de su cómoda y rentable imparcialidad, grupos de presión concienciados con el problema, comenzaron a surgir, exigiendo al gobierno una postura clara, y la apertura de un segundo frente que dividiera las fuerzas alemanas, concentradas en una inminente conquista de las repúblicas soviéticas.

El letargo americano, que trataba de eternizar la política exterior alemana, la provechosa posición económica, y el hecho de que fuera la cuna del comunismo el más directo beneficiado de la entrada de los Estados Unidos en el conflicto, tuvo que ser resuelto violentamente con el ataque del ejercito japonés, aliado del alemán, a la base naval de Pearl Harbor en diciembre de 1941.

Dentro de los grupos de presión que desde el comienzo de la guerra exigían una pronta intervención americana, se encontraba, como no, el incómodo Charles Chaplin, quien con su filme “El gran dictador”, feroz bufonada sobre el dictador nazi, provocó las iras y las protestas formales del, por entonces amigo, embajador alemán. Con la consiguiente controversia de gran parte del público con simpatías pro germánicas.

En esta película, ya totalmente sonora, enfrenta en dos papeles interpretados por él mismo, a la caricatura de Hitler, con un modesto barbero judío, ajeno a las manipulaciones políticas del dictador. El caricato Charlot, que interpreta el personaje del humilde judío, procederá a su auto inmolación como singular personaje del cine mudo, al pronunciar al final del filme un discurso propagandístico, cargado de denuncias hacia el régimen del tercer Reich y de reproches hacia la política evasiva norteamericana.

El esfuerzo que exigía la envergadura de las películas, con un cine ya en su mayoría de edad, unido a las crecientes enemistades públicas que Chaplin se había granjeado, hicieron distanciar sus producciones de forma considerable. Hasta 1947 no logra terminar, no sin problemas, su siguiente filme “Monsieur Verdoux”, en el que ya ha desaparecido su personaje Charlot, y con él, el garantizado éxito comercial de la producción.

En el transcurso de estos años, una vez terminada la guerra, y con los Estados Unidos como único triunfador, nace el Comité de Actividades Antiamericanas, quien emprende una eficaz “caza de brujas” que elimine por completo del país, cualquier resquicio comunista que pudiera entorpecer el camino hacia la hegemonía mundial del capitalismo.

El continuo enfrentamiento de Chaplin con la administración pública, acrecentado tras sus filmes “Tiempos modernos” y “El gran dictador”, amén de la decidida campaña antinazi, (y por tanto, se podría entender, pro soviética), que desarrolló durante la guerra, le hizo acreedor para engrosar la lista de perseguidos por el nefasto Comité.

Esta delicada situación, unida a que sus problemas de alcoba lo vuelven a poner ante los tribunales; a que la falta de visión empresarial acabará por arruinar la United Artist y con ella la amistad con sus socios, y a la floja aceptación comercial de su último trabajo, harán de esta época un retorno a situaciones poco felices.

El encuentro con la que será su definitiva esposa Oona O’Neill, hija del famoso dramaturgo, marcará uno de los pocos hechos positivos de esta última etapa americana, y la definitiva estabilidad familiar hasta el final de sus días.

Cinco años tardará esta vez en ver la luz, la que será su última película en Hollywood y, a la postre, su última gran obra. Con “Candilejas”, en 1952, Chaplin rememora, en una obra cargada emotividad, la vida de los cómicos de vodevil, con una historia muy cercana a sus vivencias personales.

Tras el estreno del filme y con una fría acogida por parte de la prensa, el ya considerado como enemigo del pueblo americano, decide trasladarse furtivamente a Europa con su familia, para evitar ser llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, en lo que era realmente una huida de la persecución política a la que fue sometido. Ya en el barco, camino del exilio, Chaplin recibió, mediante un telegrama, la confirmación de su designación como persona “non grata” en los Estados Unidos, y por tanto la retirada de su permiso de residencia y la prohibición de entrada a ese país.

Gracias a la nacionalidad norteamericana de Oona, y tras no pocos avatares, la familia Chaplin logro recuperar gran parte de sus bienes que habían quedado confiscados, y establecerse definitivamente en la pacifica, neutral y fiscalmente bonancible Suiza.

Desde su nueva residencia, Chaplin realizó su últimas películas, lejos de la calidad de sus últimos trabajos americanos, escribió dos libros “Mi autobiografía” (1964) y “Mi vida en el cine” (1975). En 1972 volvió a los Estados Unidos para recibir un Oscar honorífico por el que se reconocía su contribución al cine. Murió en su residencia suiza el día de Navidad de 1977 a los 88 años.

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