François Truffaut

EL AMANTE DEL AMOR

Francois Truffaut nace en París en 1932, hijo de madre soltera, recibirá el apellido del compañero de ésta posteriormente. Con estos precedentes, no es de extrañar que el hogar en el que crecería el pequeño, no fuera precisamente un modelo de convivencia. Aunque gran parte de su infancia la pasara con su abuela materna, y su padre adoptivo dispensara un trato correcto al niño; la actitud de la madre, distante para con su hijo, más ocupada en continuar sus devaneos amorosos, que de atender las necesidades del pequeño, marcarían definitivamente su actitud ante la vida.

Su infancia transcurre pues, con continuas travesuras y con un mal comportamiento escolar. Pero paradójicamente, Francois se convierte en un amante de la lectura y un asiduo a los cines de su barrio. Este modo de escapar de su desencanto familiar, será otro pilar que configurará la carrera del director.

Ya en su juventud, rondando la década de los cincuenta, en París comienzan a existir ciertos movimientos unidos a la cultura, que tratarán de movilizar una sociedad acomodada.

De la mano de Andre Bazin, Truffaut conoce la Cinemateca Nacional, allí junto a otros jóvenes descubrirá los clásicos del cine americanos, ahora denostados por anticuados, ante las formas más comerciales y espectaculares de hacer cine.

Descubrirían a John Ford, Nicholas Ray, Alfred Hitchcock, Howard Hawks etc. con su narración limpia y sencilla, siempre al servicio de la historia que deseaban contar, sin efectos superfluos y con un ritmo que mantenía vivo al espectador en su butaca. Tampoco hay que olvidar el reciente neorrealismo, que había acercado a presupuestos inverosímiles la posibilidad de rodar, a base de sencillez e ingenio. Si a todo esto unimos la intención de que lo acontecido en la pantalla tenga interés, estaremos en la antesala de lo que poco más tarde sería la “nouvelle vague”.

No obstante, todavía habría de pasar una nueva etapa, importante para el desarrollo posterior de su obra y de la evolución del cine francés. En 1951, entre aquellos jóvenes entusiastas de una nueva forma de hacer, nace una revista de crítica cinematográfica “Cahier du cinema”, que con sus análisis marcará la disposición de mirar el cine, a la vez que proporcionará a varios de sus componentes la base suficiente para dar el salto a la realización.

En la revista, su contribución resulta apasionada, sus artículos demoledores y su postura totalmente influyente en la crítica cinematográfica. Actividad que nunca abandonó del todo, y cuyo hito más importante es el libro que recoge la extensa y magnifica entrevista a su admirado Hitchcock.

Entre aquellos, llamados “jóvenes turcos”, destacarían más tarde como cineastas los Godard, Rohmer, Chabrol y el propio Truffaut. Además de los Resnais o Malle, que aunque con carreras muy paralelas, siempre quisieron permanecer independientes, al margen de etiquetas.

En 1957, con veinticinco años, Truffaut se casa con Madeleine Morgenstern, hija de un distribuidor, apoyado en su suegro y con la experiencia de haber trabajado como ayudante de Roberto Rossellini, y el escaso bagaje de un par de cortometrajes, la carrera del cineasta francés parece preparada para comenzar.

Dos años más tarde, después de elaborar el guión de otro de los jalones de la nouvelle vague, “Al final de la escapada” para su compañero y entonces amigo Jean Luc Godard, debutaría con la que iba a ser sin duda su mejor producción, “Los 400 golpes” (1959). Película autobiográfica de su adolescencia, en la que vuelca todo el resentimiento que reseñábamos al comienzo de su biografía.

Pero Truffaut no es un cineasta “genial” como Godard, o un filósofo como Rohmer, la característica que impregnará toda su obra, será el deseo de hacer cine simplemente. Así, su obra deambulará de una forma ecléctica de un estilo a otro, eso si, conservando siempre unas señas de identidad absolutamente personales.

Una de sus constantes será su preocupación por la infancia, influido por el desastre de la suya propia, lo que le llevará , además de la referida “Los 400 golpes”, a continuar una pequeña saga con el protagonista y alter ego suyo, creciendo en “Antoine y Colette” (1962), “Besos Robados” (1968), “Domicilio conyugal” (1970) y “El amor en fuga” (1979), serie que con mayor o menor fortuna nos revela las frustraciones irremediables de una infancia abandonada, una juventud desubicada y una madurez en consonancia.

Con “El pequeño salvaje” (1969) su análisis de la influencia de los primeros años y los primeros estímulos en el ser humano se hace menos personal y más científica. Y para terminar “La piel dura” (1976) nos retrotrae a la temática de su primer film, pero quizás ahora de una forma más optimista.

Como ya referimos, en su huida de la fría realidad, su infancia quedo marcada por la lectura y el cine, su pasión por los libros quedará patente en las numerosas adaptaciones de obras literarias y también serán frecuentes sus ejercicios cinematográficos de estilo a modo de los filmes de clase B que poblaban las carteleras de su barrio.

El tributo a su pasión por los libros lo habremos de encontrar en la, quizás fallida, “Fahrenheit 451” (1966), una contestación hacia una sociedad en la que la cultura está pasando a ser un estorbo de los movimientos políticos.

Adaptaciones como “Tirad sobre el pianista” (1960) su segundo largometraje, “La sirena del Mississippi” (1969), “La mujer de la lado” (1981) o su último trabajo “Vivamente el domingo” (1983), nos acercan a la novela policíaca, bajo el sello inconfundible del director francés.

Y si estos reconocimientos al mundo de la representación no quedaran suficientemente explícitos, “La noche americana” (1973), crónica de un rodaje, quedará como seña de todo buen cinéfilo. Más tarde “El último metro” (1980) haría lo mismo con el mundo del teatro.

Pero si hemos destacado en la obra de Truffaur a la infancia, a los libros y al propio cine, como sustento de su obra, el verdadero motor de su trabajo y de su propia vida iban a ser las mujeres.

Parece evidente, y así lo insinúa en su obra, que el carácter de su madre, quizás su ausencia emotiva, marcó para siempre las relaciones con el sexo opuesto. El amor será una búsqueda permanente y equivocada. La oposición entre su innata libertad y el compromiso que deriva de una familia estable, convertirá su vida en una colección de amores tortuosos, y aventuras de esquina.

Este calvario amoroso, no iba a pasar desapercibido en su obra, así tenemos títulos específicos de tan conflictivo dilema: libertad o fidelidad. Adaptaciones de novelas muy próximas al romanticismo del siglo anterior, servirán de vehículo a su tempestuosa tesis “Jules y Jim” (1961), “Las dos inglesas y el amor” (1971), en clave de época, o “La piel suave” (1964), “El amante del amor” (1977) de forma más contemporánea, resultarán claramente explicitas. Aunque, en realidad, en toda su obra subyace la libertaria teoría del amor fou.

El amor puro e imposible, cuyo único fin puede ser la muerte. También “El diario íntimo de Adela H” (1975) o “La habitación verde” (1978) podríamos considerarlas como reflejo extremo de esta postura pasional, pero como siempre, a lo largo de su carrera, Truffaut ha ido deslizando el trágico final como solución a una vida de búsqueda frustrada del amor libre de prejuicios.

Pero la suerte de Truffaut no iba a ser comparsa de sus trágicas teorías, éstas quedarán para la pantalla y la reflexión. El director francés, quizás con la dura escuela que le proporcionó su frustrada infancia, sabrá sobrevivir a esa eterna búsqueda. Refugiado en su cine, en sus amores siempre temporales, y en su trabajo literario, –aunque menos conocido, nunca olvidado– terminaría sus días victima de un tumor cerebral en 1984 a la edad de cincuenta y dos años.

Recriminado por los más críticos de tener una sola obra de calidad, “Los 400 golpes”; de falta de compromiso explicito o de reconvertirse al cine comercial paulatinamente, lo cierto es que todo ello tiene su parte de razón. Truffaut nunca ha sido un director apabullante, sus obras –salvo la ya mencionada– no han marcado al cine con títulos determinantes, Truffaut ha sido, ha querido ser, o solo ha podido ser un artesano de la pantalla grande. Su obra compacta, aunque no brillante, quizás tenga su mayor virtud en desvelar un personaje, este sí, fundamental para el cine.