El gran carnaval
DIRECTOR: Wilder, Billy
PAIS: USA
AÑO: 1951
DURACION: 111 min
INTERPRETES: Kirk Douglas, Jan Sterling, Robert Arthur
La habitual ironía de Billy Wilder, se vuelve aquí en “El gran carnaval” en denuncia directa contra la prensa, –o más bien contra un tipo de ella–, cosa que no será la última vez que el director vienés aborde en su obra. No olvidemos que sus comienzos profesionales en su Austria natal, fueron en este medio.
Un periodista conflictivo, acaba en un pueblecito de Nuevo México, donde nunca pasa nada, huyendo de sus fracasos y sus continuos problemas en los estamentos más altos de Nueva York .
Un día, en unas antiguas excavaciones cercanas, ocurre un derrumbe, quedando atrapado un vecino de la zona. A base de patrañas, el periodista logra con la mediación del sheriff, que el rescate se alargue lo suficiente como para atraer la atención y el morbo del gran público, y fabricar de esta forma una noticia sensacionalista. Con lo cual y tras un final feliz, el periodista recuperaría su estatus en la prensa de la gran manzana y el sheriff se aseguraría su reelección.
El final de la historia da igual, lo cierto es que Wilder nos ha hecho pasear la vista, de una forma corrosiva, por la ética de la prensa amarilla y la morbosidad del público que la consume. Por las ambiciones de los políticos, por el engaño del matrimonio, o por la estupidez de una masa que acude a cualquier carnaval ávida de entretenimiento, aunque éste sea a costa de una tragedia.
Demasiada causticidad para un público acostumbrado a historias más amables, con una ironía más sutil, donde no se vieran a sí mismos y a su sociedad tan directamente señalada, lo que daría como resultado una escasa aceptación del film en su día. Como compensación, otro genio del cine Woody Allen, reconocería años más tarde a “El gran carnaval” como una de sus películas favoritas. Algo, por otra parte, nada paradójico.
El gran combate
DIRECTOR: Ford, John
PAIS: USA
AÑO: 1964
DURACION: 145 min
INTERPRETES: Richard Widmark, C. Baker, R. Montalban, J. Steward
En “Cheyenne Autumn” –o en su pobre traducción castellano de “El gran combate”–, Ford, recoge la historia de, como una vez diezmados y recluidos en las miserables reservas de los desiertos del suroeste, los pueblos indios –en este caso el Cheyenne–, eran olvidados por los políticos de Washington. Ya que, en su condición de problema, habían desaparecido.
Hartos de engaños y falsas promesas, el pequeño grupo de supervivientes, emprenderá el suicida regreso a sus fértiles tierras de origen, a miles de kilómetros al norte. Su sola presencia fuera del cautiverio, aterrará a una población manipulada por una prensa que vive de noticias sensacionalistas. A su vez, desencadenará una desproporcionada represión, por parte de un ejercito en decadencia, refugio de fracasados, y en el que son excepción los valores de abnegación y solidaridad, que tantas veces ha defendido el viejo director.
John Ford, dentro de la posición más comprometida seguida en sus últimos trabajos, se decanta abiertamente por el pueblo indio. Bien como una deuda pendiente desde “Fort Apache”. Bien como últimos depositarios de los valores tradicionales, que el “hombre blanco” iba perdiendo, conforme asentaba su civilización.
Pero, lo que podía haber sido el western definitivo, queda supeditado a las exigencias de una producción comercial. El interés inicial de Ford, por plantear la historia desde al punto de vista de los Cheyennes, ha de ceder a los intereses mercantiles. Así, será el comprensivo capitán (R. Widmark), quien asuma el protagonismo, y será el propio Secretario del Interior, quien personalmente, sobre el terreno del inexistente “gran combate”, resuelva la cuestión. Por supuesto, con bien para todos.
Quizás, demasiadas concesiones para conseguir implicarnos suficientemente con la posición del pueblo indio. No obstante, lo triste es, que cuando Ford filma esta película, y pese al bonito final, la población indígena, estaba ya materialmente aniquilada.
El gran dictador
DIRECTOR: Chaplin, Charles
PAIS: USA
AÑO: 1940
DURACION: 120 min
INTERPRETES: Charles Chaplin, Paulette Godard, R. Cardinel
La aceptación plena por parte de Charles Chaplin de las posibilidades del cine sonoro, se produce con la película “El gran dictador”; con los diálogos plenamente integrados en el lenguaje del filme, y no como en sus trabajos precedentes, en los que predominaba la estética muda y la pantomima, aunque ya utilizando paulatinamente efectos sonoros, e incluso algunas tímidas palabras.
El argumente del filme es una sátira feroz y directa contra las dictaduras nazi y fascista que acababan de desencadenar en Europa lo que terminaría siendo la segunda guerra mundial.
En 1940, la diplomacia norteamericana todavía permanecía interesadamente neutral ante el conflicto bélico; por lo que, la valiente postura de Chaplin le valdría no pocas críticas, presiones y amenazas desde la administración pública; postura incómoda, que, por otra parte, responde a una actitud general en su obra, y que acabará pagando años más tarde con el forzado exilio en Europa.
Además de la innovación que supone la total adaptación al cine sonoro y de la desaparición definitiva del payaso Charlot, como caso excepcional en su carrera, el director londinense, se olvida de las sutilezas, dobles sentidos y equívocos de su lenguaje habitual y, dada la (desde su punto de vista) gravedad de la situación, ejecuta una bufonada feroz y desesperada, dentro del más puro panfleto político.
Chaplin realiza una creación magistral en dos papeles distintos, el del dictador (una caricatura de Hitler), y el de un pobre barbero judío, claro está, de gran parecido físico entre ambos. Los contrastes entre la descabellada barbarie del primero y la humanidad del sencillo barbero, subrayan continua y enérgicamente el serio peligro, que el gobierno estadounidense se negó a ver, hasta que fue violentamente obligado.
El guateque
DIRECTOR: Edwards, Blake
PAIS: USA
AÑO: 1968
DURACION: 95 min
INTERPRETES: Peter Sellers, Claudine Longet
Con una clara vocación comercial, “El guateque” marcó un hito en el nuevo estilo que abordó la comedia americana, siguiendo tímidamente la estela de la contracultura contestataria de los sesenta.
Abandonando las sutilezas y los equívocos enredos, en esta época aparece una ironía extravagante e histriónica, que no dice mucho a favor del buen gusto, pero que tendrá su público y su aceptación.
Blake Edwards, que vivió los últimos días de la caza de brujas y que representa al variopinto y acomodaticio director de oficio, que evoluciona sin problemas con los cambios de estilo que exige el mercado, no exento de una cáustica ironía, se apunta con este film uno de los trabajos más emblemáticos del aparatoso estilo.
En “El guateque”, aborda el tema recurrente de criticar el sofisticado y vacío mundo de la sociedad del mercantilizado Hollywood. A través de una confusión, por la que un extraño es invitado a una de las fiestas de “tan alta sociedad”, se van destapando los tópicos con los que nació, vive y morirá el vacío y frívolo montaje de la industria del cine americano.
Abusando de la simpleza en sus planteamientos y ridiculizando, sin venir a cuento en esta historia, al movimiento hyppie y la moda por la filosofía hindú, solo la acertada interpretación de Peter Sellers hace simplemente entretenida una denuncia que sistemáticamente han abordado con más acierto numerosos directores de comedia, desde Chaplin o Wylder hasta los actuales Allen o Pollack.
No obstante, y como tema reiterado en todos los períodos del cine, la denuncia a una micro-sociedad que permanece anclada en sus banalidades, a “El guateque” no se le puede negar su aportación de buena voluntad a la cruzada contra los mercachifles del celuloide de su época.
El Halcon Maltes
DIRECTOR: Huston, John
PAIS: USA
AÑO: 1941
DURACION: 101 min
INTERPRETES: Humphrey Bogart, Mary Astor, Gladys George
En su primer trabajo como director, con “El halcón maltés”, John Huston iba a hacer evolucionar significativamente el género del cine negro, un estilo que con su sórdida estética, resultaba idóneo para ir adaptándose a las exigencias sociales de cada momento.
Si otros autores buscaron el respaldo del género, para reflejar una denuncia o una crítica más directa, Huston, prescinde de estas alusiones explícitas, englobándolas en la propia temática criminal.
Una temática, que al fin y al cabo, no es más que un pretexto para ofrecer cine al espectador. Un cine de aventuras, que mantendrá la tensión del público con la tonta excusa de un vulgar adorno en forma de pájaro. Aunque sea un halcón y sirva para la caza de alimañas.
Una excusa, que planteará con una gran audacia, la ambigüedad entre el bien y el mal; entre el fin y los medios; entre lo justo y lo injusto. En resumen, el estrecho filo común por el que se desliza la legalidad y el delito.
La película, además del importante éxito de taquilla, abrió nuevos caminos a tan polifacético género, y sobretodo, sirvió para lanzar definitivamente a un Humphrey Bogart, que con su dualidad de malo/bueno, duro/tierno, solitario/romántico; siempre bordeando la ley de una forma sugestiva, estaba a punto de convertirse, primero, en uno de los puntales del cine policiaco hasta los años cincuenta, y en un mito permanente en la historia del cine después.
El hombre elefante
DIRECTOR: Lynch, David 
PAIS: Gran Bretaña
AÑO: 1980
DURACION: 120 min
INTERPRETES: Anthony Hopkins, John Hurt, Anne Bancroft
Dentro del intercambio de producciones británicas y directores norteamericanos, originada en la década de los ochenta, se encuentra el caso del vanguardista David Lynch, que rueda en un perfecto blanco y negro, con un claro componente expresionista, su filme “El hombre elefante”.
Basada en hechos reales, “El hombre elefante” desmitifica de un plumazo el manido cine de terror basado en monstruos humanos. En una perfecta recreación del ambiente londinense de final de siglo XIX, nos introduce en la faceta humana de un ser con graves deformidades físicas, que era mostrado y explotado como morbosa atracción de feria.
La curiosidad científica de un médico de un hospital público, lo rescata de la miseria ambulante, y, poco a poco, es preparado y presentado a la conservadora sociedad victoriana.
Las reacciones de las distintas clases sociales, muestran todo un catálogo de actitudes. Desde la espontánea y sincera aceptación, hasta la hipócrita caridad; desde la explotación comercial y la cruel burla, hasta la dudosa utilización científica; o la generosa tolerancia, como bálsamo perfecto para conciencias remordidas.
Actitudes muy lejos de una convivencia normalizada; y actitudes que se reproducen reiteradamente, ante cualquier caso de peculiaridad física o psíquica que desentone con los patrones sociales… en cualquier época.
El hombre que mató a Liberty Valance
DIRECTOR: Ford, John
PAIS: USA
AÑO: 1962
DURACION: 119 min
INTERPRETES: James Stewart, John Wayne, Vera Miles, Lee Marvin
En el cine de su última época, Ford, parece encaminado a revisar y completar, los contenidos más significativos en su obra, obligadamente fragmentada, por la multitud de sus trabajos.
“El hombre que mató a Liberty Valance”, es un western situado a finales del siglo diecinueve, en el que se resume, mediante un gigantesco “flash-back”, el ocaso del épico y legendario “far-west”, que dejaba paso a unos nuevos conceptos de sociedad.
Una transición, en la que las leyes y la democracia, se tendrán que abrir paso con dificultad, ante la primitiva y violenta idea de justicia.
Pero este film, no pretende ser un western al uso, el magnífico papel de John Wayne, concentra todo el testamento fordiano, encarnando las máximas, de lo que el director entiende que se perdió con la llegada de la civilización. Un clásico personaje del Oeste, a punto de desaparecer; y de hecho, muerto tras una solitaria vejez, y olvidado por su pueblo, cuya mayor virtud, ahora, recae en el paso del moderno ferrocarril. Aunque la ciudad continúe estando en pleno desierto.
Con cien años de perspectiva, Ford, aprovecha para arremeter, como en otras ocasiones, contra la demagogia circense de los políticos profesionales. Y, como no, lamentar su frustración –en la figura del senador Ramsom (James Stewart)– cuando de regreso a Washington, añora las idealistas raíces de las que partió su carrera.
Por último, es curioso, cómo el testimonio explicito, de la necesidad de mitificar urgentemente la memoria de un país joven, como los Estados Unidos, parece una explicación a toda una carrera, en la que Ford, da siempre una visión de la historia, más poética y romántica, que rigurosamente realista.
El hombre que sabía demasiado
DIRECTOR: Hitchcock, Alfred 
PAIS: USA
AÑO: 1956
DURACION: 115 min
INTERPRETES: James Stewart, Doris Day
En plena cumbre de su carrera, Hitchcock, no solo persiste en sus planteamientos habituales: el suspense, la ironía, o las dobles apariencias. En este caso, directamente, hace una nueva versión de su propia obra homónima, de la primera época londinense. No obstante, si la primera versión no carecía de interés, esta segunda, se puede calificar como la verdadera obra de un profesional.
En toda obra del director ingles, sabemos de antemano que el argumento de sus historias acaba siendo la excusa (McGuffin), para desarrollar libremente el cine enigmático y enmarañado en el que Hitchcock pretende siempre involucrar al espectador.
En “El hombre que sabía demasiado”, la picardía del director, no solo nos trata de despistar con un McGuffin; en este caso, con dos (¡¿al menos?!).
El argumento, desarrolla, como una familia americana ejemplar, en sus exóticas vacaciones por Marruecos, se ve envuelta casualmente en un caso de terrorismo internacional (primer McGuffin). A raíz de esto, el hijo del matrimonio será secuestrado por los conspiradores (segundo McGuffin), y la pareja emprenderá una desesperada búsqueda, durante la cual se irán destapando los verdaderos sentimientos de tan idílicos esposos.
Los conflictos de la pareja, habituada a la cómoda situación del “american dream”, ante una situación inesperada y angustiosa, centrarán definitivamente el verdadero interés del filme. A partir de aquí, los roles establecidos por la sociedad occidental, para unos y otros, serán el blanco continuo del crítico sarcasmo del autor.
El esposo, Ben, que reivindica continuamente su saber: como doctor en medicina, como esposo protector o como “macho” en general; se ve engañado e impotente ante una situación que se sale de la vulgaridad y la monotonía de su provinciana pero rentable consulta de Indiana.
Por su parte, la madre, Jo, antigua cantante que ha abandonado su carrera para incorporarse dócilmente a la familia tradicional , será quien en “concierto” con su marido, emprenda la recuperación de su hijo (Hank), quien, a la postre, resultará ser la única causa común del perfecto matrimonio.
Una importancia capital recae, de forma paralela, en la pareja de secuestradores, quienes, privados de descendencia, y, en su cometido de vigilancia, toman cariño al niño retenido, hasta el punto de llegar a sacrificar su causa e incluso su vida, para devolver al pequeño a su hogar. Esta actitud, sirve de contrapunto al comportamiento familiar observado en las primeras escenas del filme: una postura artificialmente idílica y feliz.
Este talante inicial frívolo y prepotente, contrasta con las escenas finales, después del azaroso y esclarecedor viaje, (que comienza “casualmente” en un país del tercer mundo,) y durante el cual, cada uno ha sido puesto en su lugar: ni el hombre sabía “demasiado”, ni la esposa era el elemento decorativo del matrimonio, ni el hijo el complemento necesario y amorfo para completar el prototipo oficial de familia.
Al final, en el que la pareja vuelve a la reunión de amigos, que habían abandonado en un momento del filme, para la búsqueda del niño, Ben anuncia tranquilamente, con una frase de doble y profunda lectura: “sentimos haber tardado tanto, tuvimos que ir a buscar a Hank”.

