Paulina en la playa

paulina-en-la-playa.jpgDIRECTOR: Rohmer, Eric
PAIS: Francia
AÑO: 1982
DURACION: 94 min
INTERPRETES: Amanda Langlet, Arille Dombalse

Rohmer en su tercer “Proverbio”, vuelve a sumergirse en el tiempo vacío del ocio, en las vacaciones, como ya hiciera en “La Coleccionista”. El director francés vuelve a la playa, para, lejos de las presiones de la vida cotidiana, de los compromisos sociales o de las rutinas laborales, sus personajes den rienda suelta a sus instintos, sabedores de vivir un tiempo limitado y en un lugar anónimo.

El argumento, como siempre sencillo, aunque aquí se vuelva algo más complejo, esta en función del estudio “antropológico” que el cineasta acostumbra a realizar a sus, normalmente escasos, protagonistas, y que en este caso lo eleva hasta seis personajes, por lo que estamos quizás, ante la trama más estructurada hasta el momento de los Cuentos y Proverbios.

Marion, una atractiva rubia parisina, diseñadora de moda, va a pasar unas cortas vacaciones con su prima Pauline, de quince años, a su casa en las playas de Normandía.

El tiempo elegido, septiembre, ya fuera de temporada, no es aleatorio para el director, ya que le dará oportunidad de jugar metafóricamente con las playas semivacías o la cálida luz de fin del verano.

Una vez instaladas las dos mujeres, Marion encontrará casualmente a Pierre, un antiguo pretendiente suyo, que intentará retomar sus relaciones, sabedor del reciente divorcio de ella. Pero también por casualidad, aparece en escena Henry, un vecino, –play boy “rohmeriano”–, que inmediatamente encandilará a la guapa rubia.

La amistad de la adolescente Pauline con Sylvain, un muchacho de su edad, compondrá el contrapunto de la ingenuidad juvenil, frente a las retorcidas relaciones (siempre sexuales) de los mayores.

Rohmer idea para desarrollar “Paulina en la playa”, una trama de enredo, –muy hawksiana–, en la que en forma de vodevil teatral y con un sutil sentido del humor, nos presenta un tinglado, en el que Pierre declara su amor a Marion, pero ésta se acuesta seguidamente con Henry, quien a su vez no duda en continuar manteniendo relaciones con la vendedora ambulante de turno. Esto ocasiona una situación de equívocos, en la que los jóvenes Puline y Sylvain se verán involucrados, asistiendo como aprendices, al ridículo comportamiento de los adultos, en el que guardar las apariencias resulta más importante que la propia realidad.

Al final del entuerto, el joven Sylvain se vislumbrará como el alumno aventajado del maquiavélico Henry, mientras que la inocencia de Pauline desaparecerá, al ser cómplice de las invenciones y fantasías de su prima mayor.

Un final en el que ya nadie es inocente, cada uno ha contribuido de hecho o en connivencia, a dar cuerpo a una supuesta fabulación que poco o nada tiene que ver con lo realmente sucedido,… si es que ha sucedido algo para los escépticos adultos, o simplemente se trata de un evanescente episodio de un verano más.

El film, aunque formalmente cerrado en forma circular, con la partida de las dos mujeres hacia París, de la misma forma que su llegada, en realidad, para Pauline, resultará más un viaje iniciático hacia el difícil y frustrante acceso a la madurez. Del aprendizaje de la mentira y de cómo se pierde en el camino toda ingenuidad. La dificultad en suma, para acompasar la voluntad y los instintos o la imaginación con la realidad.

Una historia herméticamente cerrada en el tiempo y en el espacio, en el que se han vivido intensamente pasiones y desengaños, mentiras y realidades, que nos deja un amargo regusto existencialista, del que no resulta inocente la voluntad del autor.

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