Yo confieso

Enero 3, 2000 at 12:00 am (A - Z, Cine Clasico)

yo-confieso.jpgDIRECTOR: Hitchcock, Alfred
PAIS: USA
AÑO: 1952
DURACION: 95 min
INTERPRETES: Montgomery Clift, Anne Baxter, Karl Malden

Dentro del copioso trabajo de Alfred Hitchcock, “Yo confieso”, no puede dejar de conservar muchos de los principios en los que sistemática y recurrentemente insiste el director inglés (lo que parece ser, no es como parece ser). Eso sí, siempre presididos por su inconfundible suspense.

El guión de “Yo confieso”, se basa en la acusación a un sacerdote de haber cometido un asesinato.

Éste, conoce la verdad a través de la confesión del verdadero culpable, pero, fiel a los principios del sacerdocio católico, no la puede revelar por constituir “secreto de confesión”.

Este planteamiento, en su exhibición, constituyó un problema para la comprensión del espectador no católico, que nunca llegaba a entender, la irracional obstinación del sacerdote por mantenerse en silencio, aún a costa de poner en entredicho su propia vida. Esta idea, que por un lado nos revela el catolicismo de Hitchcock, desde un punto de vista comercial, convirtió el filme en una obra poco comprendida; con una apreciación correcta, limitada a los círculos católicos.

Por otra parte, la verdadera e interesante propuesta en esta (como siempre) forzada historia, reside en revelar, a partir de un suceso fortuito ( y poco verosímil), toda una serie de “poses” sociales, políticamente impecables, pero con un trasfondo que nada tiene que ver con la representación “teatral” en la que se desenvuelven.

El filme, se convierte así en una sucesión de confesiones, tras las cuales, cada personaje quedará desnudo ante su autentica realidad.

Comenzará el sacristán Keller, el asesino, por confesar al padre Logan su crimen. A partir de aquí, en el servicial ayudante irán aflorando turbios instintos que nos hacen intuir un pasado sospechoso.

Inmediatamente, la confesión la formulará a su propia esposa, mujer bondadosa y amante de su marido, pero que, ante la injusticia en la que derivan los acontecimientos, manifestará sus propios conceptos morales, inclinándose en favor del esclarecimiento de la justicia.

El mismo padre Logan, también tendrá que confesar su antigua relación amorosa con la señora Granfort. Relación por la que se ve complicado en el crimen. A su vez la señora Granfort, deberá informar a su marido de esta relación, confesión por la que se desvela que, por su parte, mantiene un matrimonio de conveniencia.

El propio juicio, resultará una nefasta representación, en la que la justicia se ve incapaz, no solo de esclarecer el caso, sino, incluso, de mantenerse imparcial. La nueva situación, hará aflorar los verdaderos intereses, hasta ahora convencionalmente correctos, del amigo fiscal, del frío inspector o, incluso, de un manipulable pueblo entero.

Pero toda esta serie de confesiones pondrán “patas arriba”, la doble moral de una sociedad, preocupada por mostrar su perfil amable, a costa de mantener en la sombra la existencia de esa misteriosa cara oculta. A partir de la desaparición de las máscaras, en la parroquia del reverendo Logan, nunca podrá volver a representarse la misma “obra de teatro”.